La imprenta fue su vida durante su larga estancia en el Asilo Provincial de Santa María de las Nieves de Vitoria. Ángel Pérez vivió cuarenta años en aquella institución alavesa que le marcó para siempre. «Jamás olvidaré cada minuto que pasé en aquel lugar. Tengo demasiados recuerdos», rememora sentado en una butaca azul, mientras observa las instantáneas que rodean la sala de su nuevo hogar, la residencia de ancianos de Txagorritxu.
De las paredes del centro geriátrico cuelgan ahora las cerca de 40 imágenes que componen la exposición que, hasta el mes pasado, se podía visitar en la sala Amárica. «La hemos traído como homenaje a los cinco residentes que vivieron en su día en el asilo. Son los últimos testigos de aquella época y hemos querido acercarles su memoria», explica Alfonso Aranburu, el promotor de la muestra.
Las fotografías reflejan la rutina diaria en que vivían los internos, así como las dependencias de un «emblemático» edificio que acogía a ancianos desamparados y físicamente impedidos, pobres, dementes, madres solteras, discapacitados y niños huérfanos, y les proporcionaba refugio y sustento. Las monjas de las Hijas de la Caridad eran las encargadas de atenderlos y, hacia mediados del siglo XX, llegaron a dar cobijo a cerca de mil internos. «Tenía muy mala fama y era la caja de sastre que recogía a todos los necesitados. Con esta exposición, hemos pretendido ofrecer una imagen más amable y menos marginal de la que se tenía», señala Aranburu.
Además de proporcionar a su huéspedes hogar y alimento, en el asilo se organizaban diversos talleres para formar e instruir a los niños expósitos y huérfanos.
Cuando llegó a Las Nieves a los 16 años, tras la muerte de sus padres y de su abuela, a Ángel Pérez no le interesaban ninguno de los cursos de formación que le ofrecían. «Me metieron en Psiquiatría. No tenía ningún problema mental, pero en aquellos tiempos era muy difícil entrar en el asilo», recuerda. Durante el año y medio que estuvo allí, ayudó a limpiar y a hacer las camas, pero en cuanto le sacaron, se dedicó en cuerpo y alma a la imprenta del centro. «El capellán don Daniel me animó y acepté. Imprimíamos el Boletín Provincial y una revista de Estíbaliz. Los martes, jueves y sábados me encargaba de repartirlo por Vitoria y también cobraba los recibos a los procuradores», cuenta sin titubeos. «Al principio, me pagaban una perra gorda, pero con los años me aumentaron el sueldo», agrega.
Reyes, Cosme y Antonio
Su atención se fija de pronto en una de las imágenes que muestra un hombre trabajando en una linotipia. Los recuerdos se agolpan en su mente y podría pasarse horas y horas descubriendo los entresijos de la complicada máquina. «Son muchos años», asegura.
Como Ángel, Félix Reyes también pasó muchos de sus años ingresado en el asilo, dedicando su tiempo al resto de enfermos mentales. «Por las mañanas, ayudaba a hacer la limpieza y las camas y, por las tardes, paseaba a Cosme y a Antonio por el parque de La Florida y la calle Dato», relata. También se daban algún que otro capricho. «Íbamos a los toros. No pagamos ni cinco entradas, nos invitaban a todas las corridas y yo llevaba una vez a Antonio y otra a Cosme para que se divirtieran», evoca Félix, recordando a los dos gemelos con discapacidad a los que alegraba los días.
1985 es la fecha en que las alegrías, las penas y todo lo vivido en el asilo provincial se convierten en recuerdos. En ese año, se produce el traspaso de competencias sanitarias y los servicios de salud mental son asumidos por Osakidetza. Todo cambia y, en 1994, el edificio histórico de Santa María de las Nieves se integra en el campus universitario. En la actualidad, lo que para muchos es tan sólo un lugar «emblemático» más de Vitoria, fue para otros su hogar durante años.