Sábado, 17 de febrero de 2007
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OPINIÓN

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Nuestra foto de ciudad
El Ayuntamiento ha abierto esta semana una exposición acerca de la remodelación de la plaza de la Virgen Blanca, 'nuestra foto de ciudad'. Lo hace para dar comunicación adecuada a sus intenciones, al tratarse de un espacio muy común, simbólico y referencial para todos los vitorianos, y para encauzar aparentemente la participación ciudadana después de que el proyecto suscitara cierta controversia y la demanda de una consulta popular por parte de algunos sectores políticos.

Con la plaza de la Virgen Blanca pasa algo extraordinario. En realidad, es un resto de espacio que acaba robándole la centralidad al lugar sobre el que se actúa a conciencia. Me explico. El genial Olaguíbel diseñó la plaza Nueva como un cuadrado perfecto, flanqueada en altura por las dos torres de San Miguel y San Vicente, y cerrando el espacio por el Sur que ordenaba con los dos rectángulos de los Arquillos.

Hay quienes pretenden que Olaguíbel ya veía las dos plazas que de rebote creaba, la del Machete y ésta de la Virgen Blanca. Lo escribió así Ramón Ruiz-Cuevas ('La desocupación del espacio urbano de Olaguíbel', 2005), aplicando las teorías del espacio lleno y vacío de Oteiza, y lo repitió Eduardo Rojo en la presentación de la exposición. Todo es posible, pero a mí me da la pinta de que esas dos plazas le surgen como recortes, pero que, y esto es lo importante, con el tiempo una, ésta de la Virgen Blanca, se llena de vida, de acontecimientos, de referencias, mientras que la otra se marchita después de que los vitorianos encontraran otra diversión que pasear debajo de sus arcos o de que se trasladara el mercado de los jueves o se retirara el kiosco donde tocaba la música. Recientemente, el relajo de las ordenanzas ha recuperado en parte esa plaza Nueva o de España por la vía de llenarla de cafés y de algunas celebraciones.

Pero 'nuestra foto de ciudad' no es la brillante y perfecta plaza de Olaguíbel sino la que éste se dejó como consecuencia. El lugar más fotografiado de Vitoria es éste. El lugar por donde más gente pasa en un momento del día es éste: el tramo de Postas que sirve de base al triángulo. Y, con permiso de Olaguíbel y sus perfecciones indiscutibles, el lugar más exquisito de la ciudad es ese punto de fuga sobre la hornacina de la Virgen y los grandes ojos de San Miguel, que construyen dos paños convergentes de fachada y bastante recientes miradores, bañados por una luz singular y resaltados por el color de la piedra utilizada en la arquitectura local. Vitoria es la segunda ciudad de España con menos horas de sol, pero en esa plaza los visitantes se llevan la impresión de que ésta es también un poco otra 'ciudad luz' (o, al menos, luminosa).

Por eso la tan traída y llevada remodelación, que tanta agitación ha provocado, suscita a la vez algo de frialdad. Por dos motivos. El primero, porque se trata de una intervención en el suelo, que es lo que menos se ve de la plaza. Se ve tan poco como el propio monumento, que los lugareños borramos instintivamente de la mirada, precisamente para que nos deje ver. El segundo, porque insiste en una arquitectura local gélida, que conforme a las tradiciones de José Erbina y luego Roberto Ercilla (y otros más junto con ellos), todos realmente brillantes y también indiscutibles, están configurando una ciudad de tiralíneas más fría de lo que climatológicamente ya es.

Quizás habría un tercer motivo de frialdad, suscitado por el pensamiento de que para este viaje, para una reforma nada revolucionaria, tampoco hacían falta tantas agitaciones. Los dichosos parterres de la plaza están ahí 'sólo' desde 1917, desde que se colocó la tarta en piedra. Y le dan un tono un tanto cañí (por no decir casposo y demodé), además de romper las circulaciones y estancias en el lugar hasta lo imposible.

Es cierto que los vitorianos supervivientes lo hemos visto siempre así, pero eso no quiere decir que así haya sido 'de toda la vida'. No hay más que ver la sucesión de imágenes históricas para constatarlo. Los chorrillos, la gran bancada a la sombra y las ordenadas alineaciones de sillas de cafetería quedan bien en las maquetas y en las imágenes ideales. Luego la gente se empeña en redefinir el espacio y el uso del mismo, los chorrillos los mueve el viento y no caen en la canaladura, la alineación no es tal porque no entra la abuela entre la silla y la mesa, ni el cochecito del niño. Vamos, lo que pasa siempre con la arquitectura: que es idealmente genial, pero que la gente se empeña luego en vivir dentro de ella.

Y, metidos en gastos y en empeños reformadores, se le podía haber echado una pensada a la tarta en piedra. Creo que es la vez en que menos debate 'ideológico' ha suscitado, y por ello era la ocasión perfecta para haber llevado el monumento a otro privilegiado lugar que nos dejara ver sin estorbos tan espléndida plaza.

Al final, como tantas veces en la historia de esta ciudad, todo queda en un quiero y no puedo, en un 'interruptus'. A falta de unos pocos meses para el final de la legislatura se suscita un aparente debate, que conmueve a unos pocos muy ruidosos y que deja en la frialdad más absoluta a la mayoría. 'Nuestra foto de ciudad' es de todos, pero ya cansa un poco que todos los debates públicos se concentren en torno a lo que pasa en el 'salón de estar' de Dato y aledaños. Sigue habiendo más ciudad, y la estética de ésta no parece conmover tanto.

La agitación sólo ha servido para evidenciar, una vez más, el sino de esta legislatura que afortunadamente fenece: la incapacidad de su alcalde para liderar y la incapacidad de la oposición para ocupar el espacio -este sí- vacío. Ha sido tan patético el ruido que se ha formado con un asunto tan nimio como la imagen de un alcalde empeñado en un proyecto en los minutos de prórroga como la de un trozo de oposición recogiendo firmas bajo la nieve. Mejor sería dejarlo todo como está y dar la oportunidad a que los que lleguen después de las elecciones de mayo traten de recomponer un común sentido común al respecto de esta plaza y de cosas todavía más importantes.

 
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