Sábado, 17 de febrero de 2007
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OPINIÓN

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Que no, que no, señor cardenal
El monseñor y yo llevamos aproximadamente el mismo tiempo de residencia en la tierra, año más, año menos. Quizá él, como ha tenido más altas preocupaciones, aparente algunos años más, circunstancia que favorece la dignidad de su cargo. También está dentro de lo posible que sea ligeramente más feo que yo, pero eso es cuestión «opinable», que dicen los teólogos. El caso es que somos coetáneos y eso me permite, con muchísimo respeto, discrepar de su legítima opinión de que «España vive una situación parecida a la de los años 30». No debe exagerar, monseñor, que puede alarmar a la población civil, que es tan respetable como la clerical.

Es cierto que en los últimos tiempos ha aumentado el nivel de los embalses de rencor, gracias al esfuerzo del bienintencionado panoli que hemos elegido para que nos gobierne y gracias también al hirsuto jefe de la estratificada Oposición. Lo que a mi parecer está lejos de la verdad es que «el laicismo, el agnosticismo y el relativismo» nos coloquen en una situación semejante a la que determinó aquella catástrofe que produjo duraderos vencedores y eternos vencidos. El agnosticismo no crea fanáticos y quienes no tienen la certeza incrustada en el entrecejo siempre son menos peligrosos.

Si no nos falla la memoria al monseñor y a mí, aquella España era distinta aunque se llamaba con el mismo nombre. Había hambre congénita y hereditaria y los índices de analfabetismo eran estremecedores. Las madres ya no zurcen calcetines ni disputan «un pan reñido» para sus hijos, y ellas son tan dignas de consideración para todos como la Santa Madre Iglesia para algunos. No les haga profecías funestas, mi respetado monseñor. Acuérdese de aquella época. Quizá no conviene verlo todo del color de las sotanas. Para beneficio de nuestra vista, la gama es más extensa.

 
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