El jueves se presentó la coalición Ezker Batua-Berdeak/Aralar. Construida mediante el amontonamiento de las siglas propias de las organizaciones ahora coaligadas, su denominación habla de un ejercicio de yuxtaposición más que de auténtica síntesis. Tal vez no haya otra forma de hacerlo, pero iniciar así un recorrido que se pretende con «vocación de futuro» es una advertencia sobre la frágil cimentación de la nueva marca electoral. En particular llama la atención la facilidad con la que se han despejado las profundas contradicciones (en mi opinión insuperables) que existen entre federalismo y nacionalismo. Pero ya habrá tiempo de volver sobre esta fundamental cuestión, que probablemente afectará negativamente al proyecto de Izquierda Unida que Gaspar Llamazares lidera para el conjunto de España.
Más aún que el de la revolución, el de la unidad ha sido el gran mito de la izquierda. En la izquierda, hasta las escisiones se hacen en nombre de la unidad, y cuanto más residual sea un grupo más probable es que se autocalifique de 'unido', 'reunificado' o 'reconstituido', cuando no de 'auténtico'. La izquierda, incluso la que se llama plural, sólo sabe pensarse como unidad. Lógico, si pensamos que estamos ante la última gran ideología moderna, hija pródiga de la Ilustración; la única que aún confía en el progreso, en la perfectibilidad del ser humano y en la capacidad de la razón y de la voluntad para lograr la emancipación universal y la transformación social.
Pero hablar de unidad de la izquierda en Euskadi es problemático. Sobreabundan las izquierdas y no son pocas las iniciativas que unen en algunos lugares pero desunen en otros. Respecto a lo primero, es probable que en las próximas elecciones municipales concurra también Berdeak, partido ecologista que rompió la coalición que mantenía con EB tras una enconada riña sobre la propiedad de la seña de identidad verde. Respecto a lo segundo, la unidad posible aquí no parece deseable en Navarra. Todo esto puede enturbiar el discurso de la coalición.
¿Cuál puede ser su impacto electoral? Como es lógico, sus promotores esperan que en este caso (no siempre es así, hay sumas que restan) «la suma de uno más uno va a ser más de dos». Obviando las elecciones europeas de 2004, en las que ambos grupos sólo movilizaron una pequeña parte de su electorado, en los últimos años los resultados de EB han oscilado entre los 102.000 y los 51.000 votos, mientras que Aralar ha recibido en la CAV entre 38.000 y 17.000 votos. En ambos casos, tanto el pico más alto como el más bajo se ha correspondido con las elecciones generales de 2004 y las municipales de 1999, respectivamente. En cuanto a sus porcentajes de voto, estos han variado entre el 8,3 y el 4,4% en el caso de EB y el 3,3 y el 1,2% en el de Aralar. Se trata de un electorado potencial escasamente fidelizado, que cabe ganar o perder en función de demasiadas variables como para poder hacer previsiones fundadas.
En todo caso, bienvenida sea una iniciativa de izquierda que acuerda sin ningún matiz situar en el frontispicio de su programa la exigencia del «cese de toda expresión de violencia, incluida la kale borroka, la extorsión y las amenazas». Su sola existencia contribuye a poner el llamado conflicto vasco en su lugar. Y si además es capaz de introducir con rigor la cuestión social en la agenda política vasca, ya ni te digo. i.zubero@diario-elcorreo.com