Jueves, 1 de marzo de 2007
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Cabe dudar de si el evento en torno al Oscar de Hollywood se realiza por, en y para el séptimo arte. En realidad, de las películas, del aspecto cinematográfico en sí de poco nos enteramos, si nos atenemos a las innumerables crónicas frívolas e intrascendentes que nos endilgan por estas fechas desde Los Ángeles. Nos cuentan trivialidades sin tasa en torno a preparativos y nominaciones, pormenores fatuos sobre cuestiones que poco o nada tienen que ver con los filmes en competición, pero que adquieren mucha más relevancia que las cintas nominadas. El puro anecdotario festivalero convierte al cine en posmoderno cine mudo. ¿Quién no conoce el teatro Kodak por dentro y por fuera sin salir de casa? Estos días hemos sido informados de las minucias más intrascendentes, como resulta el prolijo informar sobre el desmedido esmero con que se cepilla la mágica alfombra roja en la que pisan cual si volaran estrellas de la pantalla que son, al fin y al cabo, quienes acaparan la atención absoluta.

Pazguato y ridículo resultaba en vísperas del ceremonial el previo desfile de estudiantes de la cosa portando las codiciadas estatuillas con solemnidad entre olímpica y colegial. Se nos ha regalado la vista con detalles y más detalles alrededor de los Oscar, que por veces rayan en la idiocia. De películas apenas se habla en el acontecimiento de expectación universal. Los rostros acaparan el espectáculo que rodea al celuloide, los nombres de actores se imponen a los títulos de las producciones. La pompa puede sobre la obra. El verdadero metraje que en verdad importa, mucho más que largos y cortometrajes o documentales, es el del vuelo y las colas de los trajes, el autor que firma las prendas, la firma de las joyas, el peinado... En este macroacto anual de intensa espera con suspense reinan ante todo las caras célebres del celuloide y otras selectas asistentes de notoriedad ajena a la gran pantalla: cantantes, diseñadores y demás artisteo invitado a los galardones hollywoodienses. En esta vana parafernalia de la gran cita cinematográfica a veces algo falla. Hasta parecía de vital importancia insistir en el fallo de la cremallera del vestido que había previsto lucir Pe. De cine, propiamente dicho, ni pa, casi ni palabra.

 
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