Los presidentes del Betis y el Sevilla sembraron durante la semana la semilla del odio y un descontrolado aficionado la arrancó y la lanzó contra el técnico Juande Ramos inundando el fútbol español de una vergüenza sin precedentes. Entre los tres a punto estuvieron de convertir el derbi copero andaluz en una tragedia. Corría el minuto 57 de un duelo apasionante cuando Kanouté adelantó al Sevilla. Con el tanto llegó la euforia. Su valor era incalculable. Ponía al equipo con un pie en semifinales y encima dejaba en la cuneta al enemigo más odiado. Saltos de alegría en el césped y el banquillo. Y, en el medio de la celebración, apareció Juande Ramos, tratando de reorganizar a sus futbolistas. En ese instante el entrenador recibió el brutal impacto de una botella de plástico de grandes dimensiones llena de agua congelada. Ramos cayó fulminado al suelo. Gritos de alarma de sus colaboradores, confusión en los banquillos, los futbolistas, desorientados, no saben qué pasa, se acercan a su entrenador, que seguía tendido sobre el césped inconsciente y se llevan las manos a la cabeza. Los gestos de los médicos hacen pensar en lo peor. Algunos piden calma, pero ésta se torna de nuevo en alarma cuando Ramos, aún sin recuperar el conocimiento, abandona el estadio en camilla y con la mano de uno de los médicos sujetando el cuello para que no sufriera con el movimiento.
Por orden de los responsables de la delegación sevillista, los jugadores abandonaron el campo y minutos después el colegiado suspendió el partido. «El que siembra viento, recoge tempestades», dijo poco después el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, en referencia a los dos máximos responsables del Betis y Sevilla, que con sus acusaciones mutuas a lo largo de la semana encendieron un clima de tensión entre las aficiones que, a la postre, a punto estuvo de costarle la vida al entrenador sevillista.
Juande Ramos fue evacuado del terreno de juego en medio del estupor general y los médicos, que temían que se hubiera podido tragar su propia lengua, decidieron conducirle con urgencia hasta una UVI móvil que se encontraba en los aledaños del estadio. Una vez allí, el técnico sevillista no tardó en recobrar la consciencia, aunque seguía algo «aturdido y con la mirada perdida». La tragedia empezaba a transformarse en un gran y profundo susto. Y, ya en frío, el médico del Betis, Tomás Calero, informó de que allí mismo, en la ambulancia, le habían diagnosticado un traumatismo craneoencefálico.
En observación
Sin embargo, para prevenir posibles contratiempos, Juande Ramos fue trasladado hasta la clínica Sagrado Corazón donde se le practicaron diversas pruebas para descartar otras lesiones, y donde permanecerá entre 12 y 24 horas en observación, según informó Adolfo Muñoz, médico del Sevilla.
En este contexto, el Betis se enfrenta ahora a una durísima sanción sin precedentes por parte de los comités disciplinarios españoles. José María del Nido, presidente del Sevilla, desveló ayer que el presidente de la Federación Española, Ángel María Villar, le confirmó que hoy mismo se reunirán los comités para «ver que decisión se adopta».
Los dirigentes béticos tampoco tardaron en mostrar su rechazo a lo ocurrido sobre el césped del Ruiz de Lopera. Así, y aunque antes surgió un consejero del Betis, Josema Villarán, asegurando que todavía no había «constancia televisiva de que ninguna botella haya dado a nadie», los mandatarios del club verdiblanco leyeron un comunicado en el que subrayaban que el agresor será inmediatamente expulsado de la entidad y abogaban por el pronto restablecimiento de Juande Ramos.