Sábado, 3 de marzo de 2007
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CULTURA

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Emigración
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Sabemos que llega el tiempo de las alergias porque lo anuncia la llegada de las golondrinas y otras especies voladoras. Aves migratorias se van o regresan de Norte a Sur y de Sur a Norte según las estaciones. Así hacen las cigüeñas que se desplazan de la misma forma que las gentes que van o vuelven de hacer la campaña de la aceituna, o de la vendimia, o de la fresa. Ahora las cigüeñas ya no emigran y se quedan ante la abundante pitanza y una vez que asoman las heladas y vuela bajo el grajo no tienen por que marcharse a África. No precisan emigrar pues tienen a mano sustento sin ir a buscarlo y de este modo se evitan larguísimos y azarosos viajes. Tienen a su disposición mares de desperdicios de la sociedad de la opulencia. Claro está que no son nada más que avecicas, animalillos volátiles y no poseen la humana razón que explica las motivaciones que guían el instinto de supervivencia. En vez de irse como antes se iban, se van quedando las aves migratorias, viajeras estacionales y su número aumenta; se reproducen como nunca hasta el punto de ya no quedan disponibles torreones ni rojas chimeneas para que monten su nido por eso ha habido que instalar atalayas prefabricadas como sustitutos de los campanario tradicionales donde anidan las zancudas. Entonces procrean y no emigran.

Miremos hacia un país grande que fue desde sus orígenes forjado por la emigración: Estados Unidos. Lo es en este sentido sin duda y así nació la nación más poderosa. Hoy, nace un norteamericano nuevo cada siete segundos y cada trece segundos un norteamericano expira. Echen las cuentas. Añádase que cada treinta y un segundos entra un inmigrante en esa tierra próspera en recursos pero igual de rica en vigilantes fronterizos ricamente dotados de medios disuasorios. Los estadounidense van a franquear los 300 millones y entre ellos se encuentran investigadores que sostienen que en USA hay suficiente riqueza para acoger a todo el mundo y necesita al inmigrante. Más el emigrante no tiene las posibilidades de la cigúeña. Ni para entrar ni para quedarse. Al contrario, se proyectan más de mil kilómetros de muro entre México y Norteamérica.

 
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