Sábado, 3 de marzo de 2007
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CULTURA

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El primer gran reto de Chillida
'El Peine del viento', obra clave del recordado artista y emblema de la San Sebastián moderna, cumple 30 años de «digno envejecimiento». «Tiene vida para 500 años»
El primer gran reto de Chillida
EMBLEMA. Una de las tres piezas en acero que conforman la obra, recortada contra el mar. / EFE
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«El Peine fue inaugurado por el mar y el viento, no se necesitaba más», comentó alguna vez Eduardo Chillida acerca del desinterés institucional que presidió la presentación, el 3 de septiembre de 1977, del 'Peine del viento XV', decimoquinta pieza de una antigua serie escultórica en la que el artista trabajaba con la idea de los límites de la experiencia humana. No era una más. Aquella pieza numerada había sido concebida para ser trasladada a escala y marcar una de las esquinas de la Tierra, en la parte más occidental de la bahía de la Concha, al pie del Igeldo.

Este año se cumplen treinta de su instalación y de la creación con ello de un lugar mítico delimitado por las tres conocidas esculturas en acero, que más que a peines de púas perfectas, se asemejan a dedos que atusan una melena; pese a su naturaleza netamente industrial, tiene un hálito de vida, una sensación de movimiento. «El protagonista es el espacio; el gran tema de la escultura desde mediados del XX», explica Luis Chillida.

«La obra pública abstracta no se estilaba aquí en aquella época, y de hecho su instalación levantó una gran polvareda», recuerda el hijo del recordado escultor y director de la instalación museística de Chillida-Leku, en Hernani. «Pero para mi padre -añade-, aquello fue el mejor inicio de sus obras públicas, que son la culminación perfecta para su trabajo; no podía permitir que se hicieran réplicas en bronce de sus obras, así que pensó que lo mejor era que se multiplicaran los propietarios, que fueran obras para la calle, para todo el público».

En su instalación, entre 1976 y el verano de 1977, participaron el ingeniero José María Elósegui y el arquitecto Luis Peña Ganchegui, que se ocupó de retocar el acantilado para crear un destacable lugar público a base de graderíos transitables revestidos de granito de Porriño. La obra, que fue adjudicada a Construcciones Moyúa en un precio de 18.377.315,4 pesetas, acabó costando 40 millones, debido a las dificultades en el transporte e instalación del acero.

Una obra única

Hoy esa obra no tiene precio; es incalculable, porque es única e intransferible, aunque siga allí al fondo de la bahía, roñosa y haciendo frente al mar, que cuando se pone bravo entra por un viejo colector y resurge por varios agujeros, como si fueran géiseres, en el suelo de la plataforma pétrea.

«La instalación del 'Peine del viento' fue un reto enorme, por la cantidad de gente y de oficios implicados: Patricio Echeverría regaló el hierro, Peña y Elósegui intervinieron por amistad.... Y mi padre, el artista, era como el director de orquesta. Aquí nunca se había hecho nada así; no fue fácil anclar esos aceros en las rocas; tuvieron que instalarse unos raíles para salvarlas. Todos trabajaron por un sueño», comenta Luis Chillida, quien en 1977, era apenas un adolescente.

«Peña Ganchegui es un poco el gran olvidado en todo esto; pero -considera- tuvo una función muy importante, como es la de concebir el espacio delimitado por las esculturas como un lugar público dispuesto en gradas. Mi padre siempre quiso dejar claro esto. Estaban sus esculturas, pero él hablaba del conjunto en singular, de una obra única en un lugar único. En San Sebastián siempre ha habido mucha controversia con el nombre, si hay un 'peine' o son varios, pero es 'El peine del viento'».

El acero de Patricio

30 años apenas son nada en la vida de esta obra fabricada en una aleación especial de acero, cobre, molibdeno y cromoníquel. «Es una formulación particular de Patricio (Echeverría) que patentó con el nombre de 'acero reco'; algo muy parecido al 'acero corten', que era de patente americana. Patricio la acababa de sacar al mercado y El peine fue su primera gran prueba», explica Luis Chillida, interesado en aclarar que la roña que la cubre es precisamente su tabla de salvación frente a los embates del agua del mar.

«Hace un tiempo se comprobó que en veinticinco años sólo había perdido un par de milímetros de grosor. El mar acaba con todo, pero El peine tiene vida para 500 años», añade Luis Chillida, quien no ve sentido a la restauración pretendida por algunos: «No hay que tocarlo, el paso del tiempo le va bien. Además, debe tener un envejecimiento digno. Es lo que quería mi padre en las obras de arte».

 
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