Tranquila y constante. De las que pedalean y no se caen nunca. Así es Cristina Lamas, una joven de Las Arenas que lleva doce años en Dinamarca. Allí vive con su pareja, Jan Erichsen, y el pequeño Isac. No tienen coche ni piensan comprárselo. «La bicicleta te da muchísima libertad, y eso no lo cambiamos por nada», explica en conversación telefónica desde la localidad de Odense, a 150 kilómetros de Copenhague. Hasta octubre, se ganará la vida como traductora de manuales de instrucciones para móviles -«cubro una baja por maternidad, que aquí es de 12 meses»- y luego quién sabe...
Cristina tiene 35 años, es licenciada en Filología Inglesa por Deusto, traductora en lenguas comerciales (danés, inglés y castellano) por la Universidad de Odense y no le gusta hacer planes. A los 18, ya se lió la manta a la cabeza y se fue a Dublín «para hacer una pausa y dejar de estudiar». Estuvo diez meses, como 'au-pair' en un principio y luego, en la barra de un pub. Y le costó volver.
Se adapta a las circunstancias sin esfuerzo. En Dinamarca, le ha tocado repartir periódicos a las cinco de la madrugada, limpiar guarderías, dar clases de castellano e inglés..., y nunca ha tirado la toalla. Es luchadora y sabe lo que quiere: «Estar con Jan y ver crecer a Isac». Una convicción a la que llegó a los 23 años, cuando conoció al padre de su hijo durante su estancia como estudiante Erasmus en Odense. Jan tenía 20, había estudiado para electricista pero se dedicaba a cuidar niños. Hasta que descubrió su verdadera vocación: la jardinería. Ahora, trabaja en un invernadero.
'El Santuario de Odín'
«Jan está encantado con el jardín de la casa que nos acabamos de comprar...». Son 500 metros cuadrados, con muchísimas plantas, un ciruelo y un manzano, donde el pequeño Isac trastea y chilla a gusto. Viven a unos veinte minutos del centro de la ciudad, en una construcción de los años 30, con 111 metros cuadrados y un sótano de 50. «Antes, teníamos un piso de 68 metros. Lo conseguimos cuando los precios estaban muy bajos... Una suerte. Si no, el banco no nos hubiera dado un crédito para esta vivienda». Ya pueden respirar tranquilos. Eso sí, aguardan con impaciencia el buen tiempo para ponerse manos a la obra.
Queda mucho por hacer: podar los árboles, pintar algunas puertas y, sobre todo, habilitar una habitación para que los padres de Cristina se sientan como en casa cuando vayan a la tierra de Hans Christian Andersen, el hombre que soñaba con soldaditos de plomo, zapatillas rojas y patitos feos. Odense no es un lugar cualquiera, tiene más de 1.000 años y ecos mitológicos. Su nombre significa 'El Santuario de Odín'; allí viven eternamente los dioses y los elegidos. Lo dice la leyenda.
Mucho ha nevado desde que la joven vizcaína llegó para quedarse. A nadie, salvo a ella, le parecía sensato «dejar Bilbao, abandonarlo todo y empezar de cero». Pero Cristina no tenía ninguna duda. Nada más concluir su estancia como Erasmus en Odense, volvió con Jan a Bilbao para presentárselo a su familia. Aquel verano de 1994, pasaron juntos unas semanas en la casa que sus padres tienen en Torrevieja. Bajo el sol valenciano, lo vieron claro: decidieron asentarse en Dinamarca. «No hablar danés era una desventaja, claro que sí, pero mucho más difícil lo hubiera tenido Jan en España. Yo puedo hacerme entender en inglés, porque aquí todo el mundo lo domina, mientras que en España...», explica con voz cansada. Son las diez de la noche y la jornada ha sido larga.
Desde que llegó al país de la sirenita, no ha dejado de bogar. Siempre con la mirada puesta en ese futuro que deseaba compartir con su novio. Los comienzos fueron duros. Cuando aterrizó en Copenhague, tenía 24 años y arreciaba el invierno de 1995, «larguísimo y muy frío, desde entonces no ha habido nada igual ». El clima polar duró hasta mayo. En esas condiciones, se dedicó a repartir periódicos en bicicleta, de casa en casa, a las cinco de la mañana. Su título de filóloga inglesa no le servía de nada. Si quería algo mejor, tenía que aprender danés. De modo que se matriculó en la Universidad de Odense para obtener el título de traductora en lenguas comerciales (danés, inglés y castellano); al de tres años, optó por especializarse en Copenhague. Y mientras, trabajaba en lo que caía: daba clases particulares, limpiaba guarderías, enseñaba castellano a alumnos de FP «¿Qué es lo que más me gusta de Dinamarca? Que aquí la gente madura antes, empiezan a buscarse la vida muy pronto y eso es bueno».