Domingo, 4 de marzo de 2007
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ÁLAVA
El zapatero de Lilia Ivanovic
Carlos Vadillo es uno de los pocos artesanos del arreglo de calzado que aún quedan en Vitoria, instalado precisamente en la Zapatería
El zapatero de Lilia Ivanovic
CARLOS, en el establecimiento que regenta de la calle Zapatería. / NURIA GONZÁLEZ
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EL PERSONAJE

EL PERSONAJE
Lugar de nacimiento: Miranda de Ebro.

Edad: 44 años.

Trayectoria: negocios de hostelería en Miranda y cuatro años en Lisboa.

Profesión: zapatero.

Tienda: 'La clínica del zapato', en la calle Zapatería, esquina con el cantón de la Soledad.

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Carlos Vadillo tarareaba continuamente el 'oiga, doctor', de Joaquín Sabina, cuando regentaba locales de hostelería en su Miranda natal. Así que los amigos comenzaron a llamarle doctor, en sintonía con su pasión por el insigne poeta de perdedores urbanos. Viene a cuento la cosa porque ha bautizado como 'La clínica del zapato' su establecimiento para reparar calzado donde había de ser, en la calle Zapatería.

La trayectoria profesional de Carlos es toda una peripecia. Hasta 1992 fue el dueño de discotecas y pubs en Miranda. La situación económica se torció 'muy mucho' y hubo de vender para emprender una nueva vida. Rumbo al Oeste. Llegó a Lisboa, una ciudad que le tiene subyugado, para trabajar en unas máquinas de premios instantáneos. Pero cambió el gobierno luso, les precintó el negocio y vuelta.

«En ese momento» -habla de 1996- «mi mujer se quedó embarazada y yo estaba en el paro. Así que decidí buscar una profesión que no tuviera competencia». Su tienda va a cumplir diez años en la esquina del cantón de la Soledad, junto a las rampas mecánicas, pero antes estuvo uno aprendiendo el oficio con un zapatero ya jubilado ocho portales más abajo.

«Hay clientela»

Carlos se reconoce feliz. Se pasa doce horas diarias en su establecimiento de Vitoria, en cuya trastienda también come y descansa al mediodía. Duerme en su domicilio mirandés y allí disfruta con la familia los fines de semana. «¿Arrepentirme? Al contrario. Estoy muy contento. Esta labor es entretenida y aquí no falta trabajo. Hay clientes, muchos de ellos fijos, porque cada vez se fabrica peor».

¿Cómo? «Sí, hombre. Hay zapatos que valen un dineral y el que los estrena es el zapatero, o sea, yo. Aquí entran pares de marcas muy buenas o sandalias con dos tiras que valen doscientos euros y resulta que el fabricante les pone tacones de plástico». Lo demuestra con un simple tirón.

A Carlos y los pocos colegas que le quedan en la capital alavesa les viene fenomenal la pasión femenina por el calzado. «Para muchas mujeres los zapatos son su capricho. Y los bolsos. Aquí me ha venido mucho la mujer de Ivanovic, que sentía locura por los zapatos, o gente que tiene el dinero por castigo».

El mirandés cuenta con clientes fieles a miles de kilómetros. «Tengo uno belga, las hijas de gente que estudian en Londres, un Ruiz de Azúa que vive en Nueva York. Yo les pregunto. ¿Pero es que no hay zapateros allá? Y me contestan 'sí, pero tú eres mi zapatero'».

A Carlos, orgulloso de proclamarse «artesano», le 'traicionan' los lazos intangibles que unen a los oficios tradicionales. Un parroquiano se asoma por la puerta y se vacilan, da conversación... «Mucha gente viene por la simpatía. Se agradece. A veces esto es como un confesionario y digo 'oiga, que San Pedro está aquí al lado'. Pero cuidado, lo primero es hacer las cosas bien».

Él no trabaja a vuelapluma, no admite encargos en el acto. «Como mínimo, de un día para otro». Unas tapas bien puestas le llevan media hora, si añade los 'filis', 45 minutos. ¿Y cuánto? «¿Todo? Dieciséis o dieciocho euros. Aquí lo regalamos todo, sólo cobro la mano de obra».

Carlos mira por la ventana y ve las rampas. «Me parecen muy bien, la comodidad ante todo. Y en lo del impacto visual, ¿no se lleva ahora lo agridulce?». Es optimista en cuanto al futuro del Casco Viejo. «Lo mejor que puede pasar es la llegada de Adolfo Domínguez. ¿Si con esto no arranca? Hacen falta un par más de firmas conocidas, hostelería y limpieza». Suena a receta.

 
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