Domingo, 4 de marzo de 2007
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ECONOMÍA

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«La mina se muere y nosotros con ella»
El declive de la minería del carbón arrastra a comarcas enteras. El Bierzo asiste al cierre de pozos, mientras el padrón se hunde y los prejubilados llenan los pueblos
«La mina se muere y nosotros con   ella»
Al desnudo. Mineros del pozo 'Bravo' concluyen una jornada de nueve horas de trabajo a destajo, en una veta de 80 centímetros donde pican tumbados con un martillo neumático de 6 kilos. / reportaje fotográfico: sergio garcía
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La minería del carbón ha entrado en barrena. Y con ella lo han hecho todos esos pueblos que nacieron al calor de una industria que garantizaba el pan y que ahora se marchitan. Las directivas de la Unión Europea y los planes del Gobierno para adaptarse a ellas arrinconan poco a poco un sector que ha cerrado galerías a un ritmo galopante desde 1989. Primero fue la guerra de precios que desataron Sudáfrica, Polonia o India, y que sumieron en un pozo negro las cuencas europeas, desde el Ruhr hasta Teruel. Después, el gas, la incineración o las energías renovables han puesto la puntilla a una industria a la que sólo ganan en impopularidad las centrales nucleares.

En España, los Planes del Carbón han sembrado la incertidumbre en Asturias, Palencia o León, donde ninguna mina ha mantenido o aumentado su producción en los últimos años. Cierran las galerías de toda la vida y el paisaje se llena de lavaderos ruinosos y devorados por la vegetación. «La mina se muere y nosotros con ella». Luis González, ingeniero técnico de Carbones de Arlanza, no exagera. En pocos lugares el declive es tan evidente como en esta comarca leonesa, donde las montañas esconden miles de kilómetros de galerías y un futuro negro como el carbón. «Esta industria tiene unos costes enormes de mantenimiento y en las actuales condiciones es muy difícil hacerla rentable. Hablan de subvenciones, pero no de que las empresas cotizan a la Seguridad Social 1.200 euros por un picador o un barrenista, casi tres veces más que un albañil. Lo que te dan por un lado -lamenta- te lo quitan por otro».

Las empresas tienen asignados cupos de producción y el Gobierno les da una ayuda por tonelada que meten a la térmica. Y eso ahora, que el carbón nacional es más barato que el de fuera. «Si extraerlo me cuesta 15.000 euros, la térmica pone 10.000 y el Gobierno, el resto. Está claro quién sale ganando». Si a esto le sumamos que España produce al año 12 millones de toneladas de carbón y para 2012 -último año del plan actual- tiene que reducir esa cantidad a 9 millones, apenas quedan incógnitas por despejar. «La Administración lleva años trabajando para que las minas cierren. El empresario vende su cupo térmico, y así, al menos, le queda algo para pagar a los trabajadores».

Luis empezó en la mina en 1994. De entonces a esta parte se han perdido 4.000 puestos de trabajo. Y eso sólo en El Bierzo. Lleva 12 años haciendo galerías y espera prejubilarse en esto. «¿Pero jubilarme? Eso ya no. Veo al Gobierno muy pasota». Tampoco Fernando López, responsable de la Federación de Industrias Afines (FIA) para UGT, tiene motivos para ser optimista. El precio del carbón nacional está por debajo de la tarifa internacional que se toma como referencia -69 dólares por tonelada frente a 72-, pero como el Estado subvenciona esta industria el único beneficio del que cabe hablar tiene carácter social.

La amenaza del grisú

Raúl Poncelas, delegado de Personal, no lleva nada bien el rumbo que están tomando los acontecimientos. «Esto va de culo, porque cuando quitas y no pones...» Raúl se refiere al '9/4', por cada nueve prejubilados entran cuatro trabajadores. «Pero ni siquiera eso cumplen; no lo hicieron antes y ahora, tampoco». Raúl admite, sin embargo, que algunas cosas han cambiado para bien. «Eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor es mentira. Antes no había mascarillas, ni guantes, ni sistemas de ventilación. La silicosis campaba a sus anchas, así que en pocos años el paisano se jodía». Eso cuando no se lo llevaba por delante una explosión de grisú. «¿Joder, si entraban con el candil de carburo! Una bolsa de gas y... ¿Adiós muy buenas!».

Hace años, cuando acababa de empezar, Raúl estuvo a punto de no contarlo. «Trabajaba en San Andrés de Las Puentes y había tres picadores en la rampla. El caso es que lo vi venir, pero eres novato y no quieres hacer el ridículo, avisar sin motivo». El estruendo todavía llena sus pesadillas. «Los cuadros de madera hundiéndose y, en un instante, cinco metros de corta que se desploman. Si no llega a ser por el vigilante, todos quedamos ahí dentro».

Ha pasado el tiempo y Raúl tiene ahora la cabeza en otras cosas. «El Gobierno garantiza las subvenciones al carbón hasta dentro de cinco años, pero lo que suceda luego es una incógnita». Y eso, en un negocio donde se planifica a dos años vista, es un doble mortal sin red. «¿Qué empresario se pone a invertir si no tiene el futuro garantizado?», exclama enrabietado.

La consecuencia es que la comarca ya no vive de la mina, y se extiende una nueva categoría social: el prejubilado, que con veinte años de mina, le bonifican diez y ya sólo le queda esperar a la jubilación. Lo dice Hermógenes, un minero de Fabero que perdió dos dedos de la mano izquierda en 1998, y cinco años después, una pierna por debajo de la rodilla. No lo lleva mal. Hemos quedado en un bar del Ayuntamiento de Fabero. «Mi oficina», dice.

Su peor recuerdo se remonta al 19 de noviembre de 1984, cuando una explosión se llevó por delante las vida de tres obreros y, conforme pasaban los días, las de otros cinco. La tragedia en el Grupo Río de Combustibles todavía conmociona a los habitantes del pueblo, separado apenas un kilómetro de la explotación. «Aún hoy, nadie sabe con certeza qué fue lo que pasó. El grisú aparece en bolsas que se forman al final de la galería; basta con que caiga una piedra al suelo o una chispa del panzer para que todo explote. Algunos tuvieron tiempo de meterse bajo la cinta, pero incluso estos acabaron con quemaduras horribles».

Hermógenes, hijo y sobrino de mineros, sabe que el tiempo juega en contra del pueblo. «Marrón, Antracitas de Arlanza, Combustibles de Fabero, Cachabillas, Gaiztarro, Rey, Todas han cerrado, sólo queda la Gran Corta», una mina a cielo abierto que es la gran esperanza de Fabero y de prácticamente toda la comarca. Allí trabaja Evaristo Robledo, 51 años, encargado general de una obra que se extiende más de mil hectáreas, una inmensa piscina de lodo cuando llegan las lluvias. «Las minas de superficie son las únicas que son rentables, las que permiten que sobreviva la minería tradicional. Los costes de mantenimiento son más bajos y la maquinaria mueve en segundos lo que bajo tierra se tardan días».

No es para menos. La Gran Corta, una concesión de Unión Minera del Norte S.A, (Uminsa) emplea una veintena de 'dumpers' de 187 toneladas, con capacidad para cargar más de 220. Semejante flota sobrecoge, aunque se quede pequeña cuando se colocan junto a las retroexcavadoras de 550 Tn., «las más grandes de Europa», dice Evaristo con orgullo. «Cada vez que meten la cuchara sacan 70 toneladas de carbón, pizarra y escombros».

Evaristo, que con 18 años emigró a Bilbao desde una aldea de Orense y trabajó en los Astilleros del Cadagua hasta que cumplió 22, se prejubila en mayo. Oyéndole parece el pasajero de un tren que salta minutos antes de que descarrile. «El Plan del Carbón sólo ha servido para que el Gobierno abarate los precios. Esta mina, por ejemplo, lleva más de un mes sin vender material a las térmicas por diferencias entre lo que unos piden y lo que otros están dispuestos a pagar». Es un pulso en toda regla, ya que Uminsa tiene 1.200 mineros en cuatro o cinco tajos como éste y en varias minas de León y Palencia; 1.200 mineros que cobran un sueldo.

De pronto, una explosión sacude el aire. Diez toneladas de nitrato amónico y gasóleo que remueven 20.000 metros cúbicos de tierras. La detonación llega hasta Arlanza. Monte arriba, Luis coordina el trabajo de dos grupos: en la 'Solita', sigue el curso de las mejores vetas, parcela la mina en cuadrículas y los barrenistas dejan preparado el terreno. Doscientos metros de roca viva más abajo, los picadores de la mina 'Bravo' se reparten por tajos, a lo largo de un frente de 150 metros. El mineral que extraen irá a parar a unas grandes tolvas, para después lavarlo, separar la pizarra y clasificarlo por tamaños. «A mí me dan un monte y yo lo convierto en un queso gruyer», bromea mientras enciende la luz del casco.

Trabajo a rastras

Armados con martillos neumáticos, Eladio y José Luis arrancan la antracita, el oro negro de El Bierzo. «Este es el valle de Noceda. Hace 15 años, éramos aquí 700 mineros. Hoy sólo quedamos 35». Trabajan en una grieta de apenas 80 centímetros de altura -las hay de apenas 30-, el grosor de la veta, y avanzan a razón de 1,20 metros al día.

La rampla tiene una pendiente de 12º y hay que avanzar tumbado, armado de un martillo picador que pesa seis kilos y funciona con aire comprimido. Todo esto en una galería inundada, rodeados de puntales hidráulicos que sujetan el techo sobre sus cabezas; del panzer, una plataforma deslizante que empuja la antracita hasta la galería. «¿Y qué si hay un kilómetro de roca encima? Bastan dos metros para matarte». A medida que avanzan, van corriendo el puntal, de manera que el techo se desploma por su propio peso. Un hundimiento controlado.

No hay dinero que pague este trabajo, pero lo cierto es que el minero tampoco nada en la abundancia. El sueldo medio que un picador o un barrenador se llevan a casa por un trabajo a destajo está algo por debajo de 1.800 euros al mes, aunque esa cantidad puede bajar hasta los 800 ó 1.200 en el caso de los ayudantes mineros -palean carbón, conducen las vagonetas,..-. Si el empleado pertenece a una contrata, el salario cae hasta los 600 euros. Y hablamos de jornadas de 9 horas. Los prejubilados ganan más -el 80% del sueldo bruto-, aunque pagan de su bolsillo los descuentos del IRPF y la Seguridad Social. «Así que lo comido por lo servido...»

Que se lo digan a Antonio Zamora, felizmente jubilado después de 12 años en el Pozo Julia y el resto, en Gaiztarro. No mira con nostalgia la mina, sino con respeto; el mismo respeto que le llevaba a usar hasta tres mascarillas al día y así burlar a la silicosis. «A mí nadie me ha tenido que recordar que me cuidara. Siempre reclamé por dinero, pero sobre todo, por seguridad». Su visión del tajo cambió para siempre el día que vio morir a tres compañeros que recuperaban unos cuadros de posteo. Su mujer le suplicaba una y otra vez que lo dejara. «¿Pero dónde iba a ir yo con treinta y pico años? Si no sabía hacer otra cosa » Ahora, liberado del abrazo de la mina, ha puesto tierra de por medio y se ha ido a vivir a Ponferrada. «Aquello ya no es ni sombra de lo que era. Y los pueblos ¿Joder, los pueblos se han convertido en dormitorios!»

 
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