Las llaman 'etiquetas inteligentes' y están a punto de invadir el mundo, adheridas a todo género de artículos: zapatos, libros, sombreros, medicinas... Con respecto a su predecesor, el código de barras, los nuevos trazadores de productos reúnen ventajas indudables, pero también peligros: podrán ser rastreados con antenas baratas (incluso mediante teléfonos móviles adaptados, aunque la tecnología sea ilegal) de modo que, al menos en teoría, la intimidad de las personas estaría seriamente comprometida.
Alguien, con el material adecuado, será informado automáticamente de que la persona que pasa por delante de su comercio tiene sobrepeso porque lleva una faja compresora, una caja de medicinas contra la hipertensión o un libro sobre dietas. La etiqueta inteligente identificará al propietario de la prenda y quien husmee su intimidad tendrá acceso, vía bancos de datos, a su teléfono móvil. En décimas de segundo, el ordenador del comercio le estará enviando un SMS, preparado por un programa informático, con ofertas de fajas más eficaces, liposucciones o tratamientos más o menos milagrosos contra la hipertensión, zapatos almohadillados o curas contra el estrés.
Además, las consultas del ordenador del comercio a los bancos de datos quedarán almacenadas, de modo que existirán registros del paso del sujeto con sobrepeso por lugares concretos, como restaurantes o bares, y de la hora a la que ha estado allí. Imaginen, por ejemplo, que el enfermo del caso es un varón casado con una mujer temperamental, que podrá comprar el registro de movimientos y actividades del marido a una empresa que haya pirateado esa información.
El escenario hace palidecer las predicciones de Orwell, que anticipaba un mundo sometido al control meramente visual del Gran Hermano. Lo que se nos viene encima es mucho peor: las aficiones y comportamientos íntimos pueden verse sometidos a escrutinio permanente y tabulados según criterios mercantiles, por parte de personas que nada tienen que ver con nosotros, pero que, sin embargo, pueden sacarnos gran provecho.
Es el mundo del RFID, siglas en inglés de 'Dispositivos de Identificación por Radiofrecuencia'. La Comisión europea acaba de legislar el espectro radioeléctrico para preparar el camino a esta nueva revolución comercial, que promete cambiar premisas básicas de nuestra sociedad. Aparentemente, todo está listo para el desembarco masivo de la nueva tecnología, cuya sustancia tiene ya 50 años. Los dispositivos, minicomputadores que se comunican con 'lectores' a través de protocolos especializados, han sido analizados desde todas las ópticas posibles de la mercadotecnia y sus precios han caído hasta valores marginales, tras adaptar el diseño para reducir costos. Su difusión masiva depende de la luz verde que deben darles las autoridades.
10.000 millones de euros
El camino está preparado. La comisaria Viviane Reding, responsable de Telecomunicaciones en el Ejecutivo comunitario, se declaraba en octubre firme valedora de la tecnología, al término de un periodo de consulta para evaluar sus posibilidades e inconvenientes. Según la comisaria, varias aplicaciones piloto han mostrado ya su validez: el control automático de tratamientos médicos en hospitales, la logística del transporte, el seguimiento del equipaje de pasajeros aéreos o la gestión de residuos infecciosos.
La Comisión calcula que, en 2010, el mercado de las etiquetas inteligentes en la UE alcanzará los 10.000 millones de euros. Será el doble en 2020. El séptimo Programa Marco de Investigación va a canalizar recursos ingentes para desarrollarlas y los gigantes informáticos trabajan para despejar recelos e incertidumbres. Microsoft identificó ya en 2004 los puntos frágiles del sistema: es una tecnología no intrusiva y, por lo tanto, difícilmente detectable cuando se encuentra operativa; proporciona una identificación única; admite la interoperabilidad entre sistemas diferentes y será objeto de una proliferación masiva.
Nada impedirá que las empresas, como en su día impusieron el reloj de fichar, exijan a sus empleados portar etiquetas inteligentes que faciliten su seguimiento a distancia. Todo lo imaginable será posible, porque, una vez más, la realidad está a punto de superar a la ficción.