Domingo, 4 de marzo de 2007
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SOCIEDAD

RELACIONES INTERPERSONALES

OCUPARSE DE UNO MISMO
A la conquista del tiempo propio
De nada sirve aumentar los periodos de ocio si no los aprovechamos para conocernos mejor y aprender a disfrutar de nuestra propia compañía
A la conquista del tiempo propio
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Vivimos rodeados de ladrones de tiempo. Por todas partes nos acechan otros seres dispuestos a arrebatarnos al menor descuido uno de nuestros bienes más preciados, el que una vez perdido ya no puede recuperarse. Junto al latoso que alarga las conversaciones innecesariamente o el jefe despótico que nos conmina a prorrogar la jornada laboral están los que no cesan de pedirnos favores abusando de nuestra paciencia, los impuntuales, los meteprisas, los maleducados que interrumpen nuestro trabajo si no tienen otra cosa que hacer pero exigen tranquilidad y cooperación cuando están apurados... Evidentemente, nos falta una cultura del tiempo de cada cual entendido como propiedad inalienable, tan digna de respeto o más que las propiedades tangibles.

Codiciosos como somos en materia de dinero o en lo tocante a nuestro patrimonio, llama la atención el descuido con que dejamos morir las horas, tanto en lo público como en lo privado, tanto cuando se trata del tiempo de los otros como en el caso del propio. No obstante, lo cierto es que, mientras respecto al tiempo ajeno tendemos a ser manirrotos, empezamos a valorar cada vez más el que nos incumbe particularmente. Tener tiempo para cultivar aficiones, estar con la familia, viajar o relacionarnos con los amigos empieza a ser para muchos un lujo por el que estarían dispuestos a pagar altas sumas y, para otros, una necesidad que no logran satisfacer por falta de medios o por estar sumergidos en un ritmo de vida desasosegante. La conquista del tiempo: he aquí una de las metas prioritarias de nuestra época.

Pero ya no hablamos tanto de cantidades como de calidad. Lo que echamos en falta es, sobre todo, un tiempo del que nos sintamos dueños y señores, que nos aporte calidad de vida, que nos sustraiga de la corriente de tareas y rutinas en que se desenvuelve nuestra actividad a lo largo de los días, las semanas y los meses. No pretendemos disfrutar de largos periodos de inacción -entre otras cosas, porque ya no estamos programados para el aburrimiento: nos resultaría insoportable- sino ganar pequeños espacios de reposo. Espacios como el de la siesta de veinte o treinta minutos que ahora parece causar furor entre los ejecutivos asiáticos, o la pausa para el cigarrillo que reclaman los fumadores incontenibles, o el rato de contar el cuento a los niños para que no se acuesten sin haber oído la voz de su padre o de su madre en todo el día: franjas temporales bien aprovechadas en lugar de largas y tediosas vacaciones, píldoras de tiempo enriquecido en vez de prolongados atracones de pereza.

Esos lapsos, sin embargo, por muy reparadores que sean no siempre acaban de invertirse en nuestro beneficio. El objetivo último de la sesión de masaje o de tai-chi en la oficina es mejorar la producción; el rato de conversación con los hijos podrá ser muy gratificante, pero viene impuesto por la obligación de comportarse como padres o madres responsables. Incluso se diría muchas de nuestras actividades sociales aparentemente lúdicas están reguladas por una especie de decreto que convierte el ocio en una forma insidiosa de negocio, de obligación, de cumplimiento. ¿Verdaderamente es «nuestro» tiempo -el de nuestra libertad, el de nuestro yo íntimo- el ocupado en la invariable partida de naipes con unos amigos a los que no podemos fallar? ¿Obtenemos auténtico provecho interior de la visita al museo o de la excursión programada por el club de jubilados?

Por muy enriquecedoras y satisfactorias que sean las actividades que ocupan nuestro tiempo diario, todos necesitamos cultivar un espacio para nosotros mismos; un tiempo en el que nadie, ni siquiera las personas más queridas, esté por encima del legítimo interés propio que nos corresponde atender y defender. Es sano y conveniente disciplinarse en reservar con cierta regularidad periodos en que podamos aislarnos de problemas, obligaciones y compromisos. Basta con obtener la sensación de que nos damos valor (que no es lo mismo que darse importancia), de que por unos instantes ocupamos el primer lugar en la jerarquía de nuestras atenciones. Es un tiempo-espejo en el que nos reflejamos para reconciliarnos con ese yo del que la vida nos obliga a distanciarnos incluso cuando creemos estar disfrutando de nuestro 'tiempo libre'. Reservarse unos minutos para uno mismo puede consistir en permitirse pequeños placeres o caprichos de los que no tengamos que dar cuenta a nadie, o en dedicarse a alguna afición, pero también puede bastar con entregarse al 'dolce far niente', al disfrute de un tiempo detenido en que nada nos turbe ni nos inquiete.

No es cierto que las personas atareadas tengan más dificultades para ocuparse de sí mismas. El mayor obstáculo en la construcción del 'propio jardín' suele provenir del temor a encontrarse con las malas yerbas interiores: los miedos, las angustias, los vacíos, las frustraciones. Para eludir ese enfrentamiento usamos el pretexto de la laboriosidad -es el caso de la adicción patológica al trabajo- o del altruismo mal entendido -la creencia errónea en que somos mejores si agradamos a los demás antes de agradarnos a nosotros-.

Una inteligente administración del tiempo no consiste solamente el la programación de la agenda de tal modo que saquemos el máximo partido a nuestras idas y venidas. Tampoco dominamos al tiempo por el solo hecho de reducir las fases de trabajo y responsabilidades (el «negocio») e incrementar los períodos de «ocio». De nada sirve si ese ocio nos aleja de nosotros mismos. El tiempo mejor empleado es aquel en el que aprendemos a estar a solas, a reconocernos en lo que somos, a aceptarnos y a disfrutar de nuestra propia compañía. Una vez delimitado ese espacio, estamos en condiciones de salir fuera de él sin por ello acabar alienados o descentrados. Es suficiente con recordar el camino de regreso para volver a ese territorio cada vez que nos haga falta.

 
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