Gerald Durrell fue uno de los primeros divulgadores del reino animal, en programas de la BBC de los años sesenta. Llegó a convertirse en uno de los narradores más populares y queridos por el público, como David Attenborough, Jacques Cousteau o Rodríguez de la Fuente. Verdaderos personajes televisivos, sin duda más interesantes, ellos y el mundo que mostraban, que los insulsos famosetes de medio pelo que saturan nuestras televisiones.
Gerald era el hermano pequeño del famoso escritor Lawrence Durrell, el de 'El cuarteto de Alejandría'. Pasó gran parte de su vida recorriendo el planeta, por afición y trabajando en lo que más le gustaba: observar y 'coleccionar' animales.
Nacido en la India, pero con ascendencia británica, su idioma materno era el inglés. Fue un niño enfermizo que recibió una educación bastante heterodoxa y apenas pisó una escuela en toda su vida. Hasta los tres años, un aya era la encargada de su educación y su salud. Con ella visitó por primera vez un zoo, lo que debió de impactarle verdaderamente, a juzgar por lo que hizo después con su vida, que dedicó en buena medida a los animales, primero como observador amateur y luego como naturalista y zoólogo.
Tras la muerte del padre, la familia se mudó a Inglaterra, donde pasaron sólo unos pocos años. Gerald era el preferido de Mrs. Durrell, permisiva, bastante inestable y parece que un poco aficionada a la botella. Lawrence, el hijo mayor, seguramente más brillante que Gerald pero también mucho más vehemente e insoportable, solía repetir un chiste familiar. Decía más o menos que él y sus hermanos habían sabido educar muy bien a su madre.
Entre los diez y los quince años de Gerald, la familia se instaló en Corfú, y durante ese tiempo tuvo tutores privados. Uno de ellos en especial, el griego Theodore Stephanides, doctor, científico y filósofo, sería su mentor y su amigo, a pesar de una diferencia de edad de casi cincuenta años. Para entonces, el joven Durrell ya 'investigaba', o al menos atrapaba y coleccionaba todo tipo de animales por su cuenta. Basándose en este periodo de su vida, escribió una pequeña joya literaria, 'Mi familia y otros animales', un librito que combina con humor y verdadera ternura el relato autobiográfico de aquellos años con el retrato de lugares y gentes. En él hay una anécdota que ilustra la clase de vida que llevaban en Corfú, donde los lugareños les trataban con una mezcla de respeto y desconcierto. Gerald, de unos trece años, llega un día a casa después de una de sus frecuentes excursiones de un par de días por la isla. Se encuentra con su madre en el garaje, perseguida por el iracundo pelícano al que intentaba dar sardinas de una lata. «Cuánto me alegro de verte, hijo -dice ella, con flema inglesa-. Este pelícano tuyo es un poquito difícil de manejar».
Además de una veintena de libros autobiográficos, en los que los auténticos protagonistas eran, en realidad, los animales, Durrell es el responsable de diversos ensayos técnicos sobre la gestión de zoológicos, de una 'Guía para el naturalista amateur', varios libros de historia natural para niños y cientos de artículos para suplementos periodísticos, como el del 'Sunday Times'.
Safaris
En los años cuarenta y cincuenta viajó sobre todo por África, participando en safaris que surtían de animales exóticos a los zoológicos británicos. Las expediciones para la captura de animales salvajes eran frecuentes en la época, pero Durrell tenía unas costumbres muy distintas a las de otras expediciones: mantenía y alimentaba a sus animales, no capturaba más de los que podía llevarse, y siempre primaba el valor científico sobre el económico. Vio cumplida una variante de su sueño de coleccionista de animales al fundar un zoo en la isla de Jersey, en el que permanece como directora honorífica su viuda, y donde le erigieron una estatua nada solemne, como no lo fue Gerald en toda su vida.
Los divulgadores que citábamos al principio, los Attenborough, Cousteau, Rodríguez de la Fuente tuvieron en común con Gerald Durrell la pasión que sintieron desde niños por los animales, así como la suerte de trabajar en lo que les gustaba. Por eso fueron tan buenos comunicadores, porque su entusiasmo no era profesional sino íntimo.