'Torremolinos 73' conserva el color desvaído de las fotografías familiares de veraneo en el Mediterráneo. Santiago Segura suele contar que estuvo a punto de rodar 'Torrente 2' en Torremolinos, epítome del kitsch en la Costa del Sol. Se le adelantó Pablo Berger, que, más allá de homenajear al landismo, bordó un divertidísimo y emotivo canto de amor al cine.
Los hoteles de 'Torremolinos 73' destilan la misma frialdad y tristeza que el balneario fuera de temporada de 'Whisky'. Caparazón de Ozores y corazón de Kaurismaki. Berger hace sonar el 'Eres tú' de Mocedades y viste a sus actores con tergal y pata de elefante. Pero agria el almíbar de 'Cuéntame'. Alentado por su jefe, un vendedor de enciclopedias rueda pornos caseros con su mujer, con la excusa de una enciclopedia audiovisual sobre la reproducción. Ella se convertirá en estrella del género en Escandinavia; él acabará creyéndose un Bergman del cine X.
En realidad, 'Torremolinos 73' puede verse como una variación de 'El verdugo': el sistema obliga al individuo a hacer algo que no quiere, sólo que el garrote vil se sustituye por una cámara de Super-8. El director bilbaíno aborda el deseo de tener un hijo, la sumisión laboral y el veneno de rodar. Contempla a sus personajes con ironía y amor. Javier Cámara y Candela Peña nunca han estado mejor.
La ópera prima de Berger, formado en Nueva York y mano derecha de Álex de la Iglesia en sus inicios, deslumbró en su estreno estadounidense. 'The New York Times' habló de «una gozosa celebración del sexo y la cinematografía». El 'New York Post' aventuró que Cámara «podría ser el próximo Peter Sellers».
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