La inesperada derrota ante el Nástic supone un punto de inflexión en la actitud de las gradas de San Mamés con respecto a su equipo. Dos temporadas plenas de martirio desembocaron ayer en la primera pitada y pañolada a los jugadores. Se acabaron los tiempos del apoyo inquebrantable. Llega el momento de que la gente exprese con crudeza el hastío que le produce la situación.
Tras un encuentro penoso, los futbolistas se encuentran en una posición de orfandad terrible, algo que compromete aún más el porvenir de un equipo roto y sin recursos. Los hinchas despidieron el partido con pitos a los jugadores, a quienes con razón reprocharon que estuvieran desatentos, desenchufados y sin tensión en la primera parte y sin ningún recurso en la segunda.
Justo cuando necesitaba un choque autoritario e incluso un marcador disuasorio para escapar del descenso y rearmarse moralmente, el Athletic ofreció una tarde para llorar. En la primera parte fue apático y permisivo y en la segunda previsible hasta la desesperación. Algo muy grave en vista de lo que estaba en juego.
Es la de ayer una derrota de una gran importancia para el Athletic. A todo el mundo le parecía natural el triunfo rojiblanco, pero era, como se demostró, un partido con una variante muy sombría. La victoria suponía una salida provisional del agujero, mientras que la derrota deja a la hinchada convencida de que estará ahí hasta el último momento.
La afición no daba crédito a lo sucedido. El hasta ayer colista, un equipo que es casi de Segunda y que ha recibido 48 goles en contra, fue capaz de endosar a los rojiblancos su séptima derrota del curso en San Mamés. Y eso que jugó prácticamente toda la segunda parte con uno menos por la expulsión de Mingo.
Al Nástic le vino bien la somnolencia rojiblanca. Los jugadores se hinchan a proclamar entre semana que el partido del domingo es una final, pero a la hora de la verdad saltan al campo con hielo en la sangre.
El Athletic jugó sin personalidad, con Murillo superado siempre por la decisión de Mané de convertirle en el único medio centro, un papel que le supera. Yeste, pese a haber sufrido dos infiltraciones, salió como titular. La interpretación de que el basauritarra está en una grave crisis de juego recibió una contundente confirmación. Cedió prácticamente en todas las disputas individuales y se alejó desde el primer momento de la zona de definición. Mané le relevó por Javi Martínez en el descanso. El público ya le había colocado en su punto de mira. Se llevó los primeros silbidos de una penosa tarde.
Además de Yeste faltaban las bandas. Ni en una sola ocasión los rojiblancos desbordaron por los costados, pese a que Mingo era una invitación a penetrar por su lado. Gabilondo fue un jugador sin personalidad, frío como el témpano. Iraola falló en todo lo que se propuso, pero al menos se puede decir que lo intentó.
Se salvó Amorebieta
En el centro del campo, el encefalograma rojiblanco fue plano. La directiva rechazó fichar a Iván Campo en el mercado de invierno, pese a que Mané lo pidió encarecidamente. Como el técnico ha apostado en los últimos partidos por devolver a Iraola a la derecha, no hay nadie que sea capaz de sacar la pelota desde atrás. Mal asunto que el único capaz de hacerlo fuera Amorebieta. La grada, al menos, estimó que se dejara la piel. Hubo pitos para todos los jugadores menos para él, que se fue entre aplausos.
El Nástic no necesitó armar juego para adelantarse en el marcador. A sus 36 años, el cerebro de Pinilla trabajó a la velocidad de la luz para localizar a Portillo entre los centrales. El atacante cedido por el Madrid no acostumbra a perdonar en estas ocasiones y en el minuto 36, en la primera llegada catalana, puso el partido muy feo para los rojiblancos.
En un choque en el que se exigía a los defensores estar muy despiertos, el equipo volvió a demostrar todas sus debilidades y deficiencias en los balones que buscan su espalda. En la segunda parte el Athletic se lanzó a la desesperada a por el Nástic, pero durante todo el rato repitió el mismo estribillo, balonazos arriba a ver si los desafortunados Urzaiz y Aduriz cazaban alguno.
El equipo perdió la cabeza y la cosa fue a peor. En su segundo remate de la tarde, Pinilla anotó con un testarazo el 0-2 tras una salida en falso de Aranzubia. La derrota era inevitable. El Nástic ya estaba con uno menos, pero dabalo mismo. Lo único que hacía era defenderse por amontonamiento. Uno más o uno menos sobre el campo le daba igual ante el plano juego de su rival.
El ánimo de la afición hervía ante el horror y la certeza de que este equipo volverá a sufrir hasta el último instante. El miedo se tradujo en silbidos y pañuelos desde la grada, los primeros que ven estos jugadores tras dos años jugando a la ruleta rusa. El Athletic se desmorona y nadie, desde el campo, el banquillo o una directiva en completa parálisis le pone remedio. El equipo rojiblanco fue una calamidad y sus aficionados, que sienten pánico cuando miran la clasificación, ya no lo aguantan más.
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