Los futbolistas del Athletic habían reiterado durante toda la semana que lo ocurrido en el Nou Camp fue una especie de accidente que no había que tener en cuenta y que lo que de verdad valía era el partido de ayer en San Mamés. «La línea era buena y no la perderemos por el partido de Barcelona», declaró Igor Gabilondo, convencido, como el resto de sus compañeros, de que el choque contra el Nástic era una final y que había que ganar sí o sí para espantar los no tan viejos fantasmas.
Pues bien, el Athletic ofreció una auténtica demostración ante los tarraconenses de lo que hay que hacer para perder una final ante cualquier rival, al margen de su categoría: lentitud extrema, desorden -a veces el que tiraba los centros al área era Urzaiz-, errores infantiles y, lo más preocupante, una pérdida de fe manifiesta ante un equipo que saltó a 'La Catedral' como colista y al que sólo le hicieron falta un par de acelerones para cerrar el partido. Nunca hay que salir al campo al ralentí, pero mucho menos en encuentros en los que hay en juego algo más que tres puntos.
Sólo había que fijarse en los rostros de los rojiblancos tras el pitido final -el del árbitro y el de los aficionados- para darse cuenta de que les va a resultar muy complicado sobreponerse al mazazo moral de la derrota. Pero no queda más remedio que hacer terapia de grupo, porque el choque del próximo domingo ante el Celta es incluso más importante que el de ayer. No puntuar en Balaídos abriría una herida difícil de cicatrizar que alejaría de forma peligrosa al Athletic de la primera plaza que da la salvación.
Los hombres de Mané sólo estuvieron conectados al partido los primeros veinte minutos. No fue para tirar cohetes, pero por lo menos surgieron algunas combinaciones -siempre por la banda derecha- que obligaron a los catalanes a cometer faltas en las inmediaciones del área. Yeste -que jugó infiltrado- llevó cierto peligro en los golpes francos ante unos defensas que parecían hermanitas de la caridad. Y, de repente, se apagó la luz y no volvió a encenderse. A partir de entonces, nada de nada. Con unos argumentos muy rudimentarios y un Pinilla en estado de gracia, el Nástic metió al Athletic la primera estocada en el minuto 36 con gol de Portillo.
Pólvora mojada
Los aficionados confiaban en que el tanto, al menos, podría servir para enrabietar a los suyos, pero ni mucho menos. Los rojiblancos, ya sin Yeste, salieron en la segunda parte con la misma idea que en la primera: ninguna. La expulsión de Mingo volvía a dar esperanzas, otras vez frustradas. El balón circulaba a cámara lenta en las botas del Athletic, como en esos partidos de las ligas sudamericanas transmitidos por televisión en los que da la sensación de que las jugadas son repeticiones. Mané sacó toda su artillería para buscar al menos el empate -hubiera servido para abandonar el descenso-, pero la pólvora, la poca que había, estaba mojada. Lo único que se consiguió con tanto delantero es que se molestaran unos a otros.
Y entonces ocurrió lo que suele pasarles a los equipos que incluso han perdido la buena estrella. El Nástic, con un futbolista menos, dio la puntilla a los rojiblancos con el tanto de cabeza de Pinilla. Es difícil entender lo que pasó ayer en San Mamés, pero esta vez sería injusto hablar de accidente. El Athletic cayó con todas las de la ley. Ahora toca reponerse.