Miércoles, 7 de marzo de 2007
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OPINIÓN/ Bombines y levitas
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A Coll se le veía siempre en la tribuna buena del Bernabéu: comiendo pipas con parsimonia, sin inmutarse, ahorrando gestos y mirando con ironía refinada el desastre en un desmarque de Juanito. Era el quijotismo inteligente de un bajito, la abnegación brillante de un perdedor que combatía la inferioridad con la fuerza inmensa del humor y el esperpento. Del esperpento embozado con bombines y levitas, para azucarar las tensiones amargas de la Transición. Lo hacía en la televisión de Peña y Castedo, pero también en el Cleofás de esa calle Goya nocturna, gobernada doscientos metros más arriba por las huestes juveniles de la caverna.

Bombines y levitas, además de levitas y sombreros de copa, en perfecta unión y matrimonio con Sánchez Polack. Uno nacido en Cuenca y de izquierdas; y el otro valenciano y de derechas. Horchata popular para el derechista Tip, y güisqui elitista para el izquierdista Coll. Ni más ni menos que el ideal de un buen sueño de Ramón Gómez de la Serna, de una greguería tan surrealista como el mejor humor de Tono, López Rubio o Jardiel, del que bebía a borbotones Coll para mezclar con sabiduría el surrealismo, el sainete y la contemporaneidad hilarante de la mecánica nacional. Un elegante e inteligente humor el de Coll, sí, aunque ahora algo oscurecido por la vigencia vulgar de la idiocia y la mentecatez.

 
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