Quienes hace más de dos años resultaron agraciados con una vivienda de protección oficial luchan por no arrebatar al elefante africano el récord de feliz espera mientras visitan periódicamente las obras para obtener con sus cámaras de fotos ecografías que colgar de un imán en la futura nevera.
Quienes han recibido ya a la criatura andan disgustados porque les ha salido meona, decorando sus vidas con inundaciones y humedades que, salvo que esbocen el rostro de Cristo, carecen de valor.
Ironías de la vida, leerán hechos una sopa el resultado de un reciente estudio según el cual los vascos consumen este alimento un promedio de 5'4 veces por semana, situándose por encima de la media española.
Creo haber perdido la capacidad de sorpresa frente a todo estudio de dudosa utilidad, por lo que tampoco me ha sorprendido leer que más de un millón de hogares españoles no compra papel higiénico, aunque sí que alguien reconozca abiertamente tal proeza; se ve que andamos torpes eligiendo los recursos a escatimar, y sólo espero que la amenaza de sequía no vuelva a poner de moda el históricamente superado «¿agua va!».
Conste que a servidora le gustaría contribuir en lo posible a la conservación de lo que queda de planeta, pero cambiar el coche por el transporte público parece haberse convertido en un deporte de riesgo que ha obligado a la presidenta chilena a anunciar medidas contra quienes aprovechan la alta ocupación para palpar curvas ajenas.
¿Estará el problema de la vivienda convirtiendo el metro en el nuevo motel de carretera?