Domingo, 11 de marzo de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

LUIS MIGUEL VARONA EMPRESARIO HOSTELERO
«El Ensanche ya no es el único centro; debe reinventarse»
«Las rampas mecánicas son la guinda de un pastel que por ahora no existe» «Ha habido una política 'antinoche' que nos ha convertido en Burdeos»
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Delineante de formación, Luis Mi-guel Varona (Vitoria, 40 años) se convirtió sin saberlo en un empresario hostelero hace ya una década. En la actualidad, gestiona la taberna Dublin, en primera línea de la plaza de la Virgen Blanca; a medias el restaurante vegetariano Tempeh, en Domingo Beltrán; y la cafetería del centro cultural Montehermoso, El Jardin de Falerina, en lo alto del Casco Medieval. Tres locales a los que ha imprimido un estilo propio a base de cuidar la música y la decoración, y ofrecer a los clientes un plus cultural.

-Muchos ciudadanos opinan que, salvo excepciones, la hostelería en Vitoria es en general cara y floja. ¿Qué valoración hace usted?

-Cara, no. Y con respecto a la calidad, la hostelería padece un problema muy gordo aquí y en el resto de España: no hay camareros profesionales, sino personal eventual a base de inmigrantes o estudiantes a los que no les importa demasiado el trabajo porque es para un tiempo. Por eso no se da un buen servicio.

-La relación de este sector con el Ayuntamiento es a menudo tensa. ¿Opina como muchos de sus colegas que se les ahoga a base de un control férreo sobre los decibelios y los horarios de cierre?

-Es la pescadilla que se muerde la cola. El ocio nocturno conlleva volumen, gente en la calle, unos grados de alcohol en el cuerpo... Y todo eso molesta a los vecinos. La mayoría de los locales cumplen la normativa de insonorización y ya no se permite sacar vasos de cristal a la calle, luego considero que es más una cuestión de Protección Civil. Falta una política en la calle de colaboración con los bares.

-¿No se va a quejar de las multas?

-Yo llevo diez años en esto y nunca me han puesto una.

-Entonces, ¿cumple las ordenanzas a rajatabla?

-Cumplo en la medida de lo posible, pero no hago excesos. Pero, claro, yo trabajo de ocho de la mañana a doce de la noche o dos en fin de semana. Hay hosteleros que no pueden permitirse el lujo de cerrar a la una y medida porque su bar se llena a las once.

-¿Cuál es la principal razón de que la temperatura nocturna de la ciudad haya decaído?

-La gente ha cambiado de hábitos y de prioridades, eso es cierto, pero lo que más ha influido es, sin duda, los horarios de cierre de los locales. Durante muchos años, desde la época de Cuerda, ha habido una política antihostelera, antinoche, anticultura nocturna... Todo lo que pasaba a las diez de la noche era malo y ahora se han dado cuenta que todo eso es otro motor del turismo de una ciudad y le da caché. Si queremos dejar de ser Burdeos deben abrir el puño y colaborar con los hosteleros.

-Acaba de tomar las riendas de la cafetería del centro cultural Montehermoso, en El Campillo. ¿Qué estado de ánimo percibe en el Casco Medieval?

-Lo conozco bien porque, además, vivo ahí desde hace quince años. ¿Estado de ánimo? Una mezcla de crispación, incredulidad, resignación... La gente joven es más crítica y los mayores, pues les han puesto las rampas y les gustan porque pueden subir a El Campillo y muchos se han tirado años sin verlo. Pero echan de menos que les arreglen el portal, las escaleras o les pongan una ducha. Muchos vitorianos se asombrarían si vieran la actividad que tiene la Casa de Duchas, en Correría. Yo también creo que han empezado la casa por el tejado con los andenes. Han puesto la guinda a un pastel que por ahora es inexistente.

-La gran mayoría de los inmigrantes que llega a la capital alavesa acaba instalándose en la almendra.

-Sí. No tienen otra opción y eso genera guetos.

-¿Los hay?

-Yo vivo muy tranquilo. A mi madre siempre le digo que puede pasear por donde quiera porque no le va a pasar nada. Pero muchos vitorianos no quieren saber nada de este barrio. Yo paseo a veces por Barrancal y me parece una calle fantástica, multirracial, con sus carnicerías, panaderías, su mezquita... A muchos les asusta, pero es que para Vitoria la inmigración es un fenómenos aún muy joven.

«El gaztetxe suma»

-¿El gaztetxe resta o suma al barrio?

-Suma. Lo miramos con otros ojos por su tinte abertzale pero, al margen de eso, hacen un montón de actividades culturales todos los días de la semana. Nos superan a cualquier hostelero. Me gusta su punto underground y llenan un hueco. Ahora bien, si hay que quitarles la casa porque hay que hacer un parking para el barrio o por otra razón de peso, que se la quiten.

-Usted es carne de centro. ¿A qué achaca el languidecimiento que padece el Ensanche en los últimos tiempos?

-Además de a la falta de aparcamientos, a que la gente ya no le es imprescindible venir al centro para pasárselo bien. Vitoria crece y ahora tiene varios focos de diversión. Lakua tiene sus bares, sus restaurantes, su discoteca. Pasa algo parecido en Zaragama, en torno a El Boulevard, y pasará en Zabalgana y en Salburua. Está bien que los barrios tengan vida aunque nos afecte a los del centro. El Ensanche no va tener más remedio que reinventarse.

-La exposición del proyecto de reforma del Gabinete Alonso para la plaza de la Virgen Blanca llega estos días a su fin. ¿Se ha pasado a verla?

-No, pero me encantaría que quitaran el monumento. La plaza es ahora una espacio infrautilizado. Sólo lo usamos para ver a Celedón. En vez de un espacio de paso debe ser de encuentro. Y esa estatua no pinta nada ahí. Yo estoy a favor de cualquier cambio, de que la dejen limpia para que pongamos unas terrazas enormes.

-¿Y qué pasará en invierno?

-Pues, como es Vitoria. Nada.

-La última. ¿Qué vida augura como equipamiento de multiusos a la nueva plaza de toros una vez que la inaugure en mayo Elton John?

-Todo dependerá del Ayuntamiento, que se ocupa de su gestión. En principio, yo habría preferido algo menos espectacular para empezar y dedicar esos 600.000 euros a dar contenido a esa plaza durante todo el año con corridas de toros, exhibiciones de motocross o conciertos.

 
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