Domingo, 11 de marzo de 2007
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ÁLAVA
Mansiones de ultramar
Las casas de los indianos alaveses han quedado como símbolos suntuosos del triunfo en la vida
Mansiones  de ultramar
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Hotel Zabalgoitia, en Artziniega. 1906

El arreglo de la espléndida cubierta ha salvado este edificio de la ruina total. El proyecto corresponde al arquitecto Mario Camiña, una figura del modernismo dentro del llamado secesionismo vienés. El Gobierno vasco lo ha catalogado como bien cultural. En Artziniega se recuerda su esplendor. / REPORTAJE GRÁFICO: JOSÉ MONTES

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Rosario Maurolagoitia vive en una casa de indiano, como se conoce a las mansiones que mandaron levantar aquellos que un día emigraron a América y volvieron ricos. Un fenomenal magnolio y un jardín bien cuidado, con muchas especies exóticas, evocan el esplendor del viaje de ida y vuelta emprendido por José Llano, maestro que prefirió hacer la carrera de ultramar a finales de siglo antes que dedicarse a «desasnar burros» como le dijo a su padre. «A mi abuelo le gustaba contar cosas de Argentina, aunque no estuvo más que media docena de años. El viaje, el trabajo, los amigos, lo recordaba a menudo. Marcó mucho su personalidad», relata Rosario.

Sólo en Amurrio, se levantaron otras cinco casas más financiadas con capitales de América y pertenecientes a los Tobalina, Saráchaga, Arberas o Campo. A menudo no era un individuo sino sagas enteras.

Presencia alavesa

Desde el descubrimiento y la conquista, la presencia alavesa en el nuevo continente fue muy importante. En la obra de Ángel Martínez Salazar, 'Presencia Alavesa en América y Filipinas', que cubre un período entre 1700 y 1825, el autor, tras un exhaustivo estudio de documentos y archivos, el mayor que se ha hecho hasta ahora, pone nombre y apellido y biografía a 560 alaveses que cruzaron el charco. Muchos de ellos mandaron construir capillas, retablos o donaron casullas, cálices o piezas sagradas a las iglesias de sus pueblos. Numerosas obras de arte, grandes y pequeñas, se deben a estos bienhechores nostálgicos de su patria chica. También enviaban dinero para crear escuelas en sus pueblos. «Hacían obras pías para abrirse las puertas del cielo y deseaban perpetuar la memoria de su linaje y especialmente reflejar el alto nivel económico que habían alcanzado al otro lado del Atlántico», resalta el escritor e investigador Martínez Salazar.

Toda la cornisa cantábrica, desde Galicia al norte de Navarra, conoció este fenómeno que tuvo su esplendor a finales del siglo XIX y principios del XX. Entre las numerosas casas y palacetes de origen indiano que existen en la cuadrilla de Ayala, destaca el hotel Zabalgoitia de Artziniega, cuya calidad arquitectónica la ha salvado de la demolición, tras un abandono de décadas. El Gobierno vasco acaba de declarar monumento esta fantástica mansión, situada en la calle que conduce al Santuario de la Encina, que competía en ostentación con el llamado 'palacio' de los Garay - otra de las familias ricas y poderosas de la villa medieval- ahora desaparecido para ser transformado en urbanización residencial.

Bodas en Artziniega

Begoña Santa Coloma, de la asociación Artea, que ha diseñado el importante museo etnográfico de la localidad, el mejor de Álava, recuerda con nitidez «las bodas de los señores de la casa, llenas de boato y de coches. Yo tenía 6 años e iba al colegio que estaba al lado. Era impresionante ver aquella novia de blanco con un vestido de película». También Francisco Gutiérrez, de 76 años, chófer durante mucho tiempo de otra familia rica del pueblo evoca que había «una docena» de empleados de servicio en la casa. A él todavía le impresiona un pino centenario grandioso en el jardín. «Había palmeras y decenas de árboles», evoca.

Los actuales propietarios han reparado la impresionante cubierta de la mansión, como primer paso para una rehabilitación. El hotel es un inmueble modernista construido en 1906 por el indiano Juan de Zabalgoitia. La protección como monumento incluye al propio edificio y la parcela que lo rodea, incluida la parte que queda de la verja de hierro original.

Aunque no fue construida directamente por el legendario 'príncipe de los negreros' Julián de Zulueta, de Anúcita, el palacio de la Senda, sede actual de la Fundación Sancho el Sabio, si fue financiada con el inmenso capital amasado por este indiano. Lo mandó edificar entre 1902 y 1903 su hijo Alfredo, de vuelta de Cuba, con diseño del arquitecto de la provincia Fausto Íñiguez de Betolaza. La historia de Zulueta es paradigmática de los emigrantes alaveses que levantaron un imperio de la nada. Traficante de esclavos, fue alcalde de La Habana. Su poder y su influencia lo convirtieron en noble al ser nombrado por Isabel II, Marqués de Álava. Aquí se hacía realidad otra de las constantes entre los que se doctoraban en la «carrera de Indias», el ansia aristocrática, el deseo de perpetuar la memoria del linaje. Y otra, una de sus hijas, Elvira Zulueta, gastó gran parte de su fortuna en obras de misericordia, el seminario diocesano y Aranzazu, entre otras.

Un cocinero mulato

Un palacio de estilo renacentista, con cuatro torreones en las esquinas es la joya del Club de golf Larrabea. Desde su terraza las vistas son formidables. Algunas secuoyas viejas y ese peculiar verde de los 'green' crea una atmósfera de relax que invita a la vida plácida. Una placa recuerda el homenaje de Euskaltzaindia a un sevillano de Lebrija, abogado y arqueólogo, además de visionario: Miguel Rodríguez Ferrer, que se enamoró de este lugar. El indiano, que había sido gobernador de Álava, logró una importante fortuna en Cuba y cuando volvió de ultramar, en 1852, fundó en Larrabea una granja modélica dedicada a la agricultura y la ganadería. En el jardín destacaba un relieve de la isla de Cuba. También se trajo un cocinero mulato. Cuentan que todos los indianos hacían sus casas con ventanas grandes, en busca de la luz perdida.

 
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