«Sabía que Goya era un nombre consustancial a la historia de Vitoria y eso le enorgullecía pero a la vez le llenaba de responsabilidad». Ramón Lapieza apenas podía sobreponerse al dolor para glosar ayer la trayectoria vital de quien ha sido su jefe y amigo desde 1978. José Manuel Goya García, de 71 años, falleció el jueves tras una larga enfermedad y una vida dedicada por entero a endulzar los sentidos de sus clientes y a proyectar el nombre de su ciudad por el mundo.
Era el eslabón intermedio de una saga de confiteros alaveses. Aunque él mismo creía que su bisabuelo Manuel, un alavés de la Montaña, fundó el negocio en 1886, una factura localizada hace algunos años por un historiador demostró que ya existía en 1876. Estaba en la calle Mateo Moraza, donde también trabajó su abuelo Saturnino antes de ceder al testigo a su padre, José.
La firma se instaló después en el número 6 de Dato, la misma calle donde tenían su negocio los García, otros reputados confiteros vitorianos. Las dos familias unieron sus fuerzas en 1927, cuando José Goya y Teresa García se casaron.
De aquel matrimonio, que la Vitoria de entonces denominó «la alianza más dulce», nació José Manuel. «Hizo el bachiller y le hubiera gustado seguir estudiando pero su padre le pidió que se incorporase a la pastelería. Él aceptó y se quedó en el viejo obrador de la calle Ortiz de Zárate, donde aprendió todos los conocimientos del oficio que existían en aquella época», relataba ayer a EL CORREO Ramón Lapieza
Para entonces, la confitería de su padre ya había creado los 'vasquitos y nesquitas', los productos estelares de la firma, junto con las trufas. Un acervo que José Manuel se ocupó de mantener y acrecentar durante toda su vida.
«El último caballero»
Sin hacer ruido, logró capitalizar la empresa, invertir en los equipos de producción más punteros sin modificar las fórmulas familiares, extender sus comercios por la ciudad -pasó de dos a seis establecimientos y ahora proyectaba abrir otros dos en Salburua y Zabalgana- y abrirse al mundo a través de las ventas por Internet. Además, apostó por nuevos productos y técnicas desde el obrador que abrió en 1997 en la calle Barrachi.
Su labor empresarial fue distinguida con varios premios. Ya jubilado, no pasaba un solo día sin interesarse por el negocio. «Sabía que Goya era la número uno y se sentía obligado a mantener el listón», afirmaba entre sollozos Lapieza, quien aseguraba ayer que los hijos de José Manuel «garantizan la continuidad» de la firma, que cuenta en la actualidad con 58 empleados.
«Por encima de todo, era un hombre noble, recto y bueno, el último caballero», señalaba Lapieza. Una definición que comparte Luis López de Sosoaga, el presidente de la Asociación de Pasteleros de Álava. «Hemos perdido a un excelente compañero y a una persona de exquisita educación», se lamentaba.