A propósito de la matanza en la Politécnica de Virginia. Se repite la historia. La verdad es que uno no sabe muy bien qué añadir ante esta clase de fenómenos tan típicamente americanos. Salvo, en todo caso, felicitarse por el hecho de que no se hayan exportado a otros países. Al menos, hasta ahora. Por supuesto, se llevará a cabo una amplia investigación para esclarecer las circunstancias en que ocurrió todo. La secuencia de hechos al minuto. Los imposibles motivos del tipo que lo hizo. Que si estaba solo, que si estaba deprimido. Y una vez más aparecerán comentarios lamentando el culto a la violencia de la sociedad en que vivimos y de lo fácil que resulta adquirir armas en EE UU. Pero esta vez hay un detalle. Algo que se eleva por encima de la mediocridad habitual. Un matiz luminoso: Liviu Librescu. Un profesor judío de origen rumano. De 76 años. Fíjense en este hombre. Es una de las víctimas. Probablemente el mayor de todos. Para empezar, ya resulta llamativo que alguien siga dando clase a esa edad. Pero basta echar un breve vistazo a su vida para quedarse con la boca abierta. Tenía dos años cuando Hitler llegó al poder. Siendo un niño, fue deportado a un campo de trabajos forzados durante la II Guerra Mundial y más tarde trasladado al gueto judío de la ciudad de Foscani. Pero logró sobrevivir al Holocausto nazi. Y años después, tras ser despedido de su trabajo por negarse a apoyar el régimen de Ceaucescu, logró, a mediados de los setenta, escapar de la Rumanía comunista. Se afincó en Israel, donde se dedicó a la docencia. Llegó a EE UU en el 84 y siguió en activo. Y hace cuatro días, el 16 de abril, precisamente el día que se conmemoraba el Holocausto, fue asesinado mientras bloqueaba la puerta de su aula para impedir que el asesino pudiera irrumpir en ella. Quiero rendir mi admiración a ese hombre. Porque su vida entera me ha emocionado. En una época en la que lo humano más bien nos decepciona. Hay algo poderosamente simbólico y ejemplar en toda su trayectoria a través de los escenarios más oscuros del siglo XX. Y su gesto final al parecer pudo salvar la vida de sus alumnos. Acabo de encontrar su foto. Veo un rostro despierto, una frente despejada. Y en los ojos, una ligera expresión de cautela. Probablemente ese hombre conocía a la perfección los ingredientes de la naturaleza humana. Los más nobles y también los menos. Y quizá por eso, a la hora de olfatear el peligro y saber cómo actuar, fue mucho más inteligente y más rápido que todos los jóvenes a los que estaba dando clase. Aferrémonos a estas cosas para mantener la esperanza en el ser humano. Y aprovechemos, de paso, para brindar una vez más por la inteligencia y la educación. Y contra la estupidez.