Pasqual Maragall ha regresado a la escena pública representando una obra en dos actos. En el primero, deplora la aprobación de un Estatut sujeto a la interpretación que de él dicte el Tribunal Constitucional. En el segundo, cuestiona la validez del socialismo -español, catalán o europeo- en el diseño futuro del orden político en las sociedades de nuestro entorno. Felipe González le puso el apelativo de «gota Malaya» por la tenacidad con la que, día tras día, el entonces alcalde de la ciudad condal fue sacándole al Gobierno el dinero que precisaba para Barcelona 92. Aquella torturante pero simpática insistencia ha dado paso al desagrado que suscitan en su propio partido las temidas apariciones de un hombre que, cumplidos los 66, se resiste tanto a admitir su pase a la jubilación como a guardar la discreción que pudiera exigírsele para desempeñar cualquier tarea honorífica.
Es el hombre que acaba revolviéndose contra sí mismo cuando declara que fue un error aprobar un nuevo Estatut sin una reforma constitucional previa. Porque el Estatut fue el fruto de su improvisación al propiciar una suerte de concurso de ideas tan abierto que desembocó en la redacción de 223 artículos, más una veintena de disposiciones entre adicionales y transitorias. Fue el empeño de Maragall el que llevó al Parlament a aprobarlo, frente a un último intento de Montilla por reconducir la cuestión.
Mientras sus correligionarios se vacunan en previsión de próximas declaraciones, son los adversarios convergentes, republicanos o populares quienes disfrutan con su locuacidad. Para éstos es un golpe de oportunidad contar con las palabras del nieto del poeta incomodando al socialismo. Pero el pensamiento de Maragall resulta tan sugerente como paradójico. Aparentemente propicio para el aplauso de Rajoy, en realidad se aproxima a las tesis que insiste en enarbolar el lehendakari Ibarretxe. Cuando Maragall señala que hubiese sido mejor una reforma constitucional previa a la elaboración del nuevo Estatut está recordando su conocida idea de rescribir el artículo 2 de la Constitución, enumerando expresamente como nacionalidades históricas a Cataluña, Euskadi, Galicia y la Comunidad Foral de Navarra. Pero en la medida en que el Estatut pueda ser reinterpretado y revisado por el Constitucional, a Maragall le seduciría más plantear la reforma constitucional como un desafío a las dos grandes formaciones españolas, el PSOE y el PP, cuya negativa serviría para olvidarse de España y asirse a Europa. Perspectiva de la que tanto gusta el inquilino de Ajuria Enea.
Reacio a admitir las reglas del ocaso, Maragall parece añorar su voluntario retiro en Roma tras dejar la alcaldía de Barcelona en manos de Clos, y saluda el nacimiento del Partido Demócrata en Italia y a su amigo Francesco Rutelli convirtiendo la enésima refundación de las izquierdas de aquel país en nuevo paradigma ideológico para el conjunto de Europa. Hallazgo que formula en vísperas de unos comicios especialmente comprometidos para el partido en el que sigue ocupando la presidencia de la que, de paso, va pregonando su inminente dimisión.
El despecho
El socialismo no es suficiente, viene a decir, como una verdad en principio tan indiscutible como su tardía recomendación de que primero se revise la Constitución. Pero tal afirmación se vuelve contra su propia trayectoria, porque ni frente a Pujol ni frente a Mas pudo él granjearse, como aspirante a presidir la Generalitat, el favor de sectores que no estuviesen a la izquierda del PSC. Fue precisamente eso lo que facilitó que los socialistas catalanes prescindieran de él y lo sustituyeran por un catalán de Córdoba. De igual forma que el despecho de Maragall se convierte, a posteriori, en la mejor justificación que podían encontrar tanto Rodríguez Zapatero como Montilla de su negativa a que repitiera como candidato.
Pero el autorretrato de Maragall es también un reflejo, aunque sesgado, de las contradicciones en las que viven el socialismo catalán y el PSOE. Probablemente el PSC nunca se mostró más independiente que ahora respecto a los demás socialistas. Dispuesto a operar en torno al nuevo Estatut sin el visto bueno previo de Madrid. Pero también por eso se vuelve más vulnerable, habida cuenta además de que en dos ocasiones ha alcanzado la presidencia de la Generalitat siendo el segundo partido. De ahí que las declaraciones de Maragall hagan especial mella en la silenciosa ejecutoria de Montilla, porque le resta campo de maniobra tanto ante las correcciones que el Constitucional decida introducir en el contenido del Estatut como ante la renuencia de Rodríguez Zapatero a adelantarse al mismo propiciando el desarrollo efectivo de la nueva norma. En el autorretrato de Maragall aparece la omnipresente sombra del presidente de gobierno, dibujado como un dirigente que utiliza las palabras para regatear hechos, las promesas para eludir compromisos, la sonrisa para anunciar que a Pasqual nada de nada.