«Hay vida, y muy bonita, al margen de la política». Lo dice Alberto Ansola (Soraluze, Guipúzcoa, 63 años), quien durante tres lustros consecutivos fue una referencia indiscutible del PNV en Álava, partido que abandonó hace ya tres años.
Parlamentario en la primera Cámara vasca, desde 1983 centró su actividad política en la Diputación de Álava. Fue titular foral de Presidencia y de Hacienda, 'número dos' en los gabinetes de Ollora y Buesa y, por fin, diputado general entre 1991 y 1995, el cuarto de la democracia. «Fueron quince años en cargos públicos», resume este verano de la vida pública, hoy profesor de la Escuela de Ingeniería de Vitoria.
Ansola recuerda con especial cariño el día de su investidura como jefe del Ejecutivo alavés. «Mis dos hijos mayores -tiene tres- me cogieron del brazo y me llevaron a la escalinata del palacio para hacernos una foto. Conservo muy viva aquella imagen».
Al echar la vista atrás, revive la «confrontación con otros partidos» o «la pelea interna por el poder en el PNV», como los momentos más duros. «Era lo que peor llevaba. Igual se debía a que yo tenía mi vida resuelta fuera de la política», ironiza este doctor en Ingeniería Eléctrica y licenciado en Ingeniería Mecánica, además de en Derecho y en Ciencias Políticas.
Distanciado del PNV desde finales de los noventa, cuando la formación jeltzale emprendió la senda soberanista de Lizarra, Ansola devolvió el carné de afiliado en 2004 sin dar ninguna explicación. «La política me sigue gustando, pero ahora como analista», asegura. «Sigo siendo nacionalista, si el nacionalismo se entiende como un sentimiento común de pertenencia a un grupo, como algo integrador, que cohesiona. Pero ninguna doctrina es infalible. Y creo firmemente en la sucesión y la alternancia», zanja.
De su etapa como diputado general se queda con el espléndido campus de la UPV en Vitoria. «Nació en mi época», se vanagloria y recuerda el esfuerzo económico que realizó 'su' Diputación para dotar a la capital alavesa de una zona universitaria en condiciones. También presume de haber impulsado la autovía a Navarra, de la concentración de los edificios forales en la plaza de la Provincia, de la construcción de la actual sede de Hacienda o de los frontones, alumbrados y pavimentaciones que proliferaron por todas las comarcas de Álava.
«Se dio un gran salto en equipamientos en los pueblos». ¿Que cómo fue posible tanta inversión? Pues con los cuestionados pagarés forales que él auspició y que sanearon las paupérrimas arcas provinciales. «Pudimos hacer muchas obras porque en sólo año y medio conseguimos tener más de 30.000 millones de pesetas limpias de aquella época». Una cifra mareante de la que aún se asombra.