«Yo no sé si son bonitas y feas. Lo que sé es que para subir a El Campillo ya no me ahogo. Al que no le gusten las rampas, que las respete. A mí tampoco me entusiasman muchos bares y no les tiro piedras». Marisa Arregui, vecina del Casco Viejo, asciende hacia El Campillo 'engullida' por uno de los tubos de cristal del cantón de La Soledad. Está tan contenta con los andenes que lanza un particular reto a EL CORREO, que está recabando la opinión de los usuarios de los tapices rodantes. «Encuentra a una sola persona mayor que esté en contra», afirma desafiante.
Es evidente que las rampas del Casco Viejo no gustan a todo el mundo, pero ayer quedó claro que son respaldadas por la mayoría de los vecinos de edad avanzada, que muestran su indignación al ver que algunos tramos se paran por los actos vandálicos. Pilar Muro retorna a su casa de la 'colina' medieval y explica que «ahora todo es más fácil». Por ejemplo, cuando baja a comprar a un centro comercial de la calle Paz sube «por las rampas del cantón de San Francisco y no tengo problemas con las bolsas. Esto es un avance clarísimo».
Antonio Estíbariz y Anastasia Apodaka van a la estación de autobuses y es la primera vez que usan los tapices. «Qué maravilla, madre mía. Para la gente mayor es lo mejor», celebra ella.
«Que lo paguen»
Gloria Rodríguez también estaba «harta» de subir las escaleras de La Soledad, y ahora asegura que el Ayuntamiento «nos ha hecho un favor». Eso sí, tiene asumido que los andenes «se rompen cada dos por tres, y es una pena. Yo vi una vez a unos sinvergüenzas que se subían a los pasamanos». Mari Carmen Sanchís llega detrás y pide mano dura. «Que les hagan pagar los desperfectos», propone.
Otra residente de la zona, en esta ocasión muy joven, asegura que ha visto muchas veces «a chavales borrachos que en vez de subir por las rampas, bajan por ellas corriendo en sentido contrario». Luisa García acude a la calle Francia y entiende a quienes critican el sistema, pero con matices. «A mí tampoco me gusta, me parece que esto rompe la estética del Casco Viejo, pero sería de idiotas subir andando».
Lorena Arcila también avanza hacia la calle Las Escuelas gracias al polémico mecanismo. Va a por su hija, que estudia en el colegio Ramón Bajo. «Las rampas son magníficas», dice antes de darse cuenta de que el último tramo está siendo reparado «otra vez» por los operarios. «Aquí el que rompe no paga, por eso seguimos igual», zanja.