Agripina Martín, su marido Armando, su hija y su yerno disponían en marzo de cuatro días libres y no dudaron en trasladarse a su apartamento de la playa, en la localidad malagueña de Torremolinos. Mientra preparaba el viaje y, por supuesto, antes de ponerse en carretera, esta familia vitoriana llamó varias veces a la inmobiliaria a la que confió las llaves de su piso para que lo alquilara por temporadas. Querían cerciorarse de que no había ningún inquilino. No hubo respuesta y arrancaron el coche sin imaginarse la pesadilla que les aguardaba en la Costa del Sol.
Nada más pisar el suelo de Torremolinos, se dirigieron a su casa, en el número 148 de la Avenida Carlota Alessandri, complejo residencial La Sirena. Por si acaso echaron una vistazo a la agencia, ubicada frente a su bloque. Estaba cerrada. Entraron en el complejo y el portero les comunicó que su apartamento estaba ocupado. «Nos quedamos en estado de 'shock'», recuerda Agripina Martín
Mientras la familia debatía cómo actuar en una cafetería cercana, vieron a un individuo que, por los datos facilitados por el guarda, podía ser uno de los dos moradores de su apartamento. «Nos había comentado que tenían una moto negra y, por casualidad, los vimos salir. Eran dos hombres y enseguida reconocí al dueño de la inmobiliaria al que le había dejado las llaves del apartamento para que me lo alquilara», explica la propietaria, todavía ofendida e incrédula por lo ocurrido.
Cuando los dos sujetos desaparecieron de su vista, la familia vitoriana subió a la vivienda y abrió la puerta con su llave. Se toparon con un piso «muy sucio y desordenado, y parecía como si hubieran trasladado a la casa todo lo que había en la inmobiliaria», recuerda Agripina.
En pocos minutos, Armando cambió el bombín de la cerradura. «Cuando compramos el piso, habíamos guardado el antiguo en un cajón», explica. Y, tras avisar a la Policía Local de Torremolinos, Agripina y su esposo acudieron a Comisaría a denunciar el caso.
Regresan los intrusos
Tres horas después, los supuestos inquilinos volvieron a la casa pero no pudieron entrar. «Llamaron al timbre diciendo que ellos vivían allí. Incluso le llegaron a comentar a mi hija que ¿yo les había alquilado el piso!». Poco después, una patrulla llegó a la zona en compañía de Agripina y su marido. «Subimos con los agentes y nos encontramos fuera al director de la inmobiliaria. Su acompañante, que luego nos enteramos que era cubano y tenía los 'papeles' caducados, se había marchado ya», prosigue.
En ese momento, el 'okupa' aseguró que, precisamente ese día, había mandado un talón y un contrato de arrendamiento a Agripina. Una explicación que, según se demostró después en el juicio, resultó ser falsa.
Los policías detuvieron de inmediato al agente inmobiliario. Esa misma noche, la familia se topó en la calle con el otro ocupante del apartamento . «Le reconocí rápidamente. Quiso entrar en el bloque pero le cerramos. Entonces se puso a llamar de forma insistente al timbre, mientras repetía que él vivía allí», apunta Agripina. Poco después, la Guardia Urbana arrestaba al cubano, alertada por los denunciantes.
Al día siguiente, los propietarios del piso tuvieron que dividir su tiempo entre un juicio rápido en Torremolinos , la limpieza de la casa - «que estaba de pena»- y la retirada de los trastos que sus ilícitos moradores habían dejado.
Dos juicios
Pero esa vista oral no fue suficiente, por lo que tuvieron que volver días después a Málaga para una nuevo juicio. Los acusados fueron condenados en primera instancia a pagar una multa de 2.880 euros por un delito de usurpación. Según indicaba la sentencia, se habían instalado en el piso en febrero, «sin conocimiento ni consentimiento de su propietaria».
En la segunda vista, les impusieron cinco meses de prisión o una sanción económica alternativa. «De todo esto no he sacado nada más que quebraderos de cabeza, gastos, nervios y trabajo», recalca Agripina, que ha alquilado recientemente el piso - esta vez por su cuenta- porque lo necesita para hacer frente a la hipoteca.
Ahora tiene miedo. «Dios mío, a ver quién se va a meter en casa. Lo que más molesta es que se aprovechen de nuestra confianza».