Lo escuché el viernes en la radio. Con motivo de la celebración del Día de los Museos, un grupo de colegiales muy pequeños -seis o siete años- contaban su experiencia en el madrileño Museo de Arqueología: «Lo que más me ha gustado ha sido una tumba» «¿Una tumba de qué?», pregunta el reportero. Y con aplastante lógica contesta el chaval «Una tumba de esqueleto». Otro añade: «Es que aquí hay muchos esqueletos vivos».
El comentario infantil me parece una definición perfecta de museo, esto es, el lugar donde ciertos objetos se mantienen vivos aunque su cruda condición sea sólo la de resto o residuo del pasado, como el esqueleto de una tumba sólo supone la muestra sólida de una persona.En el museo, de algún modo, el enterrado está aún vivo, aunque nadie sepa quien fue, y la momia continúa teniendo sentido. Así, cuando reniegan de sus obras más antiguas ahora expuestas al público, a ciertos autores contemporáneos les gustaría que salieran del sitio de exhibición: es una forma de matarlas. Porque los esqueletos sólo viven si alguien los contempla.
Demasiados alaveses no conocen la preciosa colección del Museo de Bellas Artes; no han visto ciertas importantísimas piezas del Diocesano; ignoran las curiosidades guardadas en el de Naipes; no saben las historias escondidas en el de Arqueología; o no han siquiera oído hablar sobre los ejemplares únicos e importantísimos del de Ciencias Naturales. Y eso que las visitas son gratuitas. Porque negarse a retratarse en la taquilla puede servir a alguno como excusa para el Artium, pero en Álava sólo en éste espacio. Muchos conciudadanos sienten orgullo por el Baskonia y -al menos antes de ahora- por el Alavés. Sacan pecho porque tenemos una ciudad y unos pueblos razonablemente bien cuidados y, por lo general, magníficamente equipados. Bien, son motivos de legítima satisfacción, pero también deberían conocer y estar contentísimos del magnífico patrimonio guardado en los museos locales. Empeñarnos, nosotros los primeros, en que nuestros esqueletos sigan vivos.
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