La historia es conocida. Bilbao rodeado por las tropas del general Mola, Durango y Guernica bombardeadas por la Legión Condor, el Gobierno vasco de José Antonio Aguirre buscando países amigos que acogieran a los niños de familias refugiadas o vizcaínas ante el inminente desastre.
Cataluña acogió a seis mil; Bélgica, a tres mil; la Unión Soviética, a dos mil; Suiza, 235. Cien fueron a Dinamarca. Y cuatro mil, sumando profesores y asistentes, partieron en el 'Habana' hacia Southampton.
Los personajes que hicieron posible aquel viaje también son conocidos. La pedagoga y política laborista Leah Manning, que ya tiene plaza dedicada en Bilbao; el cónsul británico Ralph Stevenson; la Duquesa de Athol, que presidió el comité de acogida.
Sortearon los azares de la guerra: la amenaza de un destructor de Franco, disuadido quizás por la escolta de uno británico al 'Habana', la reluctancia del Gobierno británico a acogerlos porque aplicaba con un criterio más allá de lo estricto el Pacto de No Intervención. Y su llegada a las costas británicas.
Nicholas Rankin, autor de 'Telegrama desde Guernica', evocaba ayer algunas circunstancias del desembarco. El impacto causado en Reino Unido por las crónicas de George Steer sobre el bombardeo de Guernica. Las banderas británicas en las calles. ¿Una bella bienvenida? Habían quedado allí tras la reciente coronación del rey. Los niños fumaban, cerraban el puño, asombraban con su conducta a sus pacíficos huéspedes. Eran niños de una guerra.
Vida de un héroe
Entre ellos, Alfredo Ruiz. Que había nacido en el barrio de Gros de San Sebastián, donde sus padres tenían una tienda de ultramarinos y simpatías socialistas. Tres hermanos mayores estaban en el frente. Él llegó a Southampton, fue enviado posteriormente a un hostal a Brampton, en el norte del país, y a los dieciséis años encontró empleo en Coventry.
Ahora, a sus 83 años, recuerda que «los británicos que organizaron la evacuación de tantos niños españoles fueron nuestra salvación». Y, cuando la gente del país que le acogió se vio en apuros, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, «creí que debía corresponder a lo que recibí y que era mi deber contribuir en algo».
Ese algo es una pechera cubierta de medallas. Alfredo Ruiz se alistó en la Royal Navy y, tras combatir en la Batalla del Atlántico, participó con las fuerzas costeras en el desembarco de Normandía, un episodio decisivo para la derrota de la Alemania de Hitler.
Su unidad de motoras armadas sumergió boyas con sonares para marcar el canal por el que tendrían que avanzar los dragaminas limpiando la ruta para el desembarco. Y, en el amanecer del 'Día D', llegó en la primera ola, llevando a bordo de su bote al comandante de las fuerzas canadienses hasta la playa de Juno.
No vio a sus padres y a sus cuatro hermanos hasta que habían pasado diez años desde que la familia se dispersó. Se vieron en París. Los padres murieron al poco tiempo. Y él se quedó en Inglaterra, trabajando en Coventry, criando una familia de cinco hijos y, luego, en su segundo matrimonio, de tres hijastros. Lo acompañaban ayer su mujer, Janet, su amigo en la fábrica John Corcorlan, que dice que Alfredo era el 'top man' de la cadena de montaje, y su mujer, Angela.
Son los británicos e irlandeses a los que conmovió la historia de aquellos niños refugiados. Adrian Bell, que ha reconstruido su peripecia en 'Only for three months'(Sólo para tres meses), recordó ayer que la acogida no fue el resultado de la benevolencia de su Gobierno, que no ofreció un duro para sufragar los gastos.
Fue la simpatía de los panaderos de Southampton, que fabricaron gratuitamente más pan para alimentar a los niños. De las mujeres que se acercaron al campamento y se ofrecieron como voluntarias para lavar su ropa y limpiar. La de los empresarios de los cines locales, que les dieron entradas gratuitas. La del sindicato de zapateros, que entregó a los campos de refugiados mil pares de botas para que estuvieran calzados. Y es que Alfredo Ruiz, como otros niños evacuados, vio por primera vez la nieve al llegar a Inglaterra.
En su mayoría regresaron. Como Gonzalo Sabin Etcheverry y su mujer, Carmen. Sus madres eran íntimas amigas en Erandio. Y la guerra les dispersó. La familia de ella tenía simpatías socialistas, la de él era de Izquierda Republicana. Él fue evacuado a Francia, donde pasó cinco meses. Carmen fue a Southampton y regresó al cabo de cinco años. Se reencontraron en Erandio, sus familias sanas y salvas, y se casaron. Su hija, Susana, escribe ahora una tesis doctoral sobre la experiencia de los niños en la Universidad de Southampton.
Que nos dio tanto
Su alcalde honorario, Stephen Barnes-Andrews, reconoció ayer que no había oído la historia de los niños hasta que se vio envuelto en la organización del aniversario, que finalmente congregó ayer, en el Centro de Conferencias de la localidad costera, a los supervivientes de aquella historia espeluznante. La BBC emitió anoche la película 'Children of Guernica', de Steve Bowles. Se presentó una plaza que quedará en la Universidad de Southampton. Un CD ha recreado las canciones que cantaban los niños.
Vicente Cañada, que preside la Asociación de Evacuados, expresó sentimientos de los que estuvieron en Inglaterra una temporada y regresaron a casa. «Pasé dos años en este país verdaderamente contento, aunque echaba de menos a mi familia». Regresó a Bilbao, «donde lo malo no había hecho más que empezar». Y declaró ayer su «afecto por este país, que nos dio tanto».