Un gran montón de escombros de obra -polvo y más polvo, ni siquiera guardado en un contenedor- se acumula junto a la verja que ¿protege? al maravilloso pórtico gótico de la iglesia de san Pedro.
Resulta que, al fin, están de cambio los adoquines de las calles Herrería y Pedro Egaña, obra no sólo necesaria sino que se había convertido hace ya mucho tiempo en imprescindible. Esto es, que por tal estupendo motivo estamos de enhorabuena. Pero sólo un poco.
Hay gente que carece de la más mínima sensibilidad estética, por lo que es incapaz de apreciar la belleza de cualquier obra de arte, en este caso del apostolario policromado de la antigua entrada a esa parroquia. Como esto se debe a un defecto innato, una malformación de su cerebro, no se les puede acusar de nada. De donde no hay, no se puede sacar y lo único exigible a tales individuos es el necesario respeto al patrimonio público.
Otras personas son tan incultas, su alma es un lugar tan árido por falta del apropiado arado, riego y cultivo, que no comprenden la importancia que tiene la conservación de los monumentos que nos han llegado del pasado. Aunque nadie es totalmente inocente de su propia incultura porque algo ha podido hacer por salir de ella, bien es cierto que una cierta falta de ocasión de aprender justifica la ignorancia del valor artístico de las esculturas que adornan la fachada de san Pedro hacia la calle Herrería.
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