Rafael Ortiz de Guzmán, el bombero de más edad que trabaja en el parque de Aguirrelanda, se vanagloria fundamentalmente de dos cuestiones: pertenecer al cuerpo y seguir viviendo en la casa de Asteguieta donde nació. Entre los cinco hermanos, sólo él se quedó con la madre y el padre en el domicilio familiar hasta casarse. Pero éste, agricultor, vendió una finca en terrenos donde luego se instalaría Eroski y Rafael tuvo que decidir la senda profesional.
No había porvenir como campesino y algo había que buscar. «Lo mío no era una fábrica. ¿Qué hago yo en una cadena de montaje de la Mercedes?, me preguntaba. Mi idea era meterme en el Ayuntamiento o en la Diputación. Me tiraba lo de ser bombero, eché tres oposiciones y a la tercera entré». De esto hace 32 años y ahora ve en aquella decisión los efectos terapéuticos del agua bendita.
«Que sí, que sí, que estoy contento al cien por cien de ser bombero. Me siento poco menos que un privilegiado. A mí me tiraba el lío, pero mi mujer y la familia en general me lo querían quitar de la cabeza. Ellos tenían miedo del riesgo, pero yo no. Yo me dije 'p'alante'». A toro pasado y como es lógico en una profesión expuesta, la familia tenía razón.
Rafael recuerda bastantes pasajes apurados, «sobre todo en fábricas y garajes», pero rememora tres especialmente. «Yo me he caído desde un cuarto piso». Fue sofocando un incendio en la calle Libertad. «Entonces no había, ni por asomo, las medidas de seguridad que hay ahora. El caso es que subí. Era una casa vieja, quité la trampilla que separaba el techo del último piso del tejado del edificio y estaba todo en llamas. Pedí a los compañeros que me dieran agua, pero salió con tanta fuerza y tan de repente que marché por el hueco de la escalera dos pisos para abajo. Me quedé colgando del barandado. Los compañeros pensaban que me había matado, pero no me tuvieron que dar más que unos puntos en la cabeza».
Más accidentes
Otro suceso que, por fortuna, puede contar ocurrió durante una bajada de Celedón. Mientras la muchedumbre festejaba el comienzo de las fiestas en la Virgen Blanca, él andaba en la extinción de un incendio en el monte por la zona de Amurrio. «Me bajé del camión dos metros antes de que cayese por el barranco dando vueltas. Eso sí que fue una bajada de Celedón, pero de cojones y sin paraguas». Otra vez estuvo ingresado en el hospital, con quemaduras en la cara por una explosión de gas.
Rafael es campechano por encima de todo y disfruta cuando pone la memoria a trabajar. Pero se pone serio al definir la vocación social del bombero. «Es un servicio al ciudadano, desde luego, pero sobre todo es un deseo de hacer el bien a los demás. Y lo digo de corazón, he procurado hacer siempre las cosas lo mejor posible».
Con 62 años cumplidos, Rafael pasa buena parte de la jornada -turnos de doce horas- dentro de Aguirrelanda. «A partir de los sesenta ya son salidas de bajo o nulo riesgo», confirma. Ya hace tiempo que los jóvenes y su exigente entrenamiento le han superado. Lo asume ahora, no hace dos o tres décadas. «La preparación física es primordial, ahora más que antes. Llevar el equipo completo, con todo lo que pesa, requiere mucha preparación. Para subir a un séptimo piso por las escaleras hace falta pecho y los jóvenes trepan como gamos. Antes yo era de los primeros en subir y cuando alguno me ganaba, me hacía pupa. Ya lo creo que me jodía».
Hoy es el día que va «a gusto» al parque. El nieto de cuatro añitos, Josu, ya ha estado en las dependencias de los bomberos y se ha montado en los camiones. «Es más majo que no sé qué». Seguro que en un par de cursos presumirá de su abuelo el bombero. Y es que eso siempre ha fardado mucho en el cole.