No es un tópico. Álava sigue escondida, agazapada, con muchos parajes naturales por descubrir para el gran público. Su pequeñez, su escaso tirón como destino turístico, han preservado algunos rincones paradisíacos de las visitas multitudinarias. Ni siquiera los folletos y libros que empiezan a abundar sobre senderos y parajes sobresalientes detallan algunos de estos lugares encantadores, que adquieren al final la categoría de secretos, porque los conocen muy pocos.
Es el caso de José Ramón Aguirrezabal, veterinario y funcionario foral, que lleva cuatro años persiguiendo «el momento en que están en sazón» las cascadas. «El deshielo las hace espectaculares, pero no es el instante perfecto. Para encontrarlo hay que ir en varias ocasiones y en estaciones diferentes», explica. Aguirrezabal ha inventariado una quincena, entre ellas la de más altura de la península, la del Nervión, que salta sobre el barranco del Infierno o Délica 270 metros. Y Gujuli, con sus 100 metros de desnivel. Pero además de las más conocidas, Álava posee un importante número inédito. Esta es una pequeña muestra.
SÁSETA, RÍO AYUDA
Condado de Treviño
No contento con labrar uno de los desfiladeros más impresionantes de la geografía alavesa, el de Okina, el río Ayuda ofrece ya en territorio treviñés tres saltos de agua, cada cual más hermoso, en el pueblo de Sáseta. El primero, en el azud -presa- de captación del agua que mediante una enorme antepara lleva el agua a un viejo molino, cuyo techo está hundido. El segundo, junto al molino, forma una cascada de unos cuatro metros, digna de una visita. Pero un poco más adelante, siguiendo un camino ribereño que sortea algunas huertas, se encuentra uno de esos enclaves en los que se pueden pasar horas y horas observando la caída del agua.
Un bosque de ribera de primer orden, rápidos de agua y un salto al vacío enmarcado por dos inmensos quejigos que parecen rendir pleitesía a la cortina de agua que, según la estación y el caudal, permite incluso pasear con mucho cuidado -el suelo es muy resbaladizo- por detrás de la catarata. La imaginación vuela junto a los protagonistas de la película 'El último mohicano' perseguidos por los indios hurones y que deciden esconderse en ese hueco entre el agua y la roca.
AGUAQUÉ, RÍO SABANDO
Antoñana
Ni una señal indicativa hay en Antoñana (Montaña Alavesa) que conduzca a este maravilloso rincón en el que el río Sabando se estrecha entre dos paredes para saltar a una fría poza. Hayas, robles, sauces, fresnos, boj y hasta encinas salidas de la roca dan vida a esta cascada, hermana gemela de la que -esta sí- se puede ver junto al molino de Oteo en la carretera que une Antoñana y el pueblo de Sabando. Aquí no importa la estación. Los vecinos sostienen que nunca en la vida han visto seco el río.
Riqueza botánica y paisaje insólito se dan la mano en este paraje al que se accede por una pista forestal que sale a la derecha de la carretera que va a Sabando. Si preguntan en el pueblo, se lo indicarán. No hay otra forma. No está en los folletos.
ARLUCEA. RÍO DEL MOLINO
Parque natural de Izki
De nuevo, hay que preguntar a los vecinos de Arlucea para introducirse en el barranco que ha esculpido el arroyo del Molino. Una densa vegetación de hayas y boj guarda escondidas como pequeños tesoros diferentes saltos de agua, cada uno de una forma. El más grande, de unos 7 metros, está a un cuarto de hora una vez iniciado el camino. No importa si no lo encuentran. Seguro que hallarán otro rincón que les gustará tanto o más que esta cascada, que es la guinda de un paseo inolvidable cerca del río. No olviden visitar Arlucea y su iglesia románica.
DÉLICA. RÍO NERVIÓN
En el Barranco del Infierno
Con permiso de la gran cascada de 270 metros que se puede ver desde el Monte Santiago -Puerto de Orduña a la izquierda- el sendero que parte de Délica y se introduce en el Barranco del Infierno ofrece increíbles saltos como el que citamos. Se encuentra a un cuarto de hora aproximadamente del bar-restaurante y es un aperitivo de lo que se puede ver si se sigue el camino.
PAYUETA. RÍO INGLARES
Cascada de Herrerías
San Miguel el Viejo y Tertanga, en Sierra Salvada, Bujanda, Río Purón, Zaldibartxo, Nacederos de Zarpia y Araia, Andoin, son algunas de las cascadas que se pueden disfrutar en Álava. Entre ellas destacamos finalmente la 'cola de caballo' que forma el río Inglares entre Payueta y Berganzo, muy cerca de una antigua central eléctrica. Para acceder no hay ninguna señal. Hay que pasar un puente en la misma carretera y tomar una pista entre alisos, robles y hayas. «Cuando un río canta nace un paraíso», decía Pablo Neruda y aquí el Inglares brama. El estruendo es ensordecedor y el espectáculo, grandioso y sorprendente porque el río se desploma no en el aire sino sobre una panza de más de 10 metros de altura que forma el cauce del río. Una cueva y una poza en la que bañarse magnifican el paraje.