A Federico Garmendia y su familia les marcó la Guerra Civil de muy mala forma. Al alfarero que aún presume de serlo en plena regresión de los oficios tradicionales, una bomba de la aviación franquista le dejó sin madre cuando él sólo tenía catorce años. Naturales de Elosu, los Garmendia iban retrocediendo a medida que avanzaba el frente nacional.
Primero hacia Ubidea, después a Zeanuri, donde nació su hermano menor, José Antonio, un catedrático de Sociología en la Complutense que continúa en activo con setenta años de edad. «Un orgullo de la familia, sí. Estudió en Colonia mientras trabajaba hasta enterrando muertos. Cuando volvió estuvo en la Universidad de Málaga y ya lleva mucho tiempo en Madrid».
Ese niño tenía tan sólo ocho días cuando la guerra mató a la madre. El padre de Federico se quedó a cargo de ocho hijos con una mano delante y otra detrás en el retorno a Ollerías, barrio de Elosu. «Vivíamos de la chatarra que yo cogía en el monte», recuerda el alfarero, de aspecto envidiable a los 84 años. «Cuando oigo a algunos que tendría que volver una guerra, me pongo malo. ¿Qué sabrán lo que es eso? Una cosa es contarlo y otra, haberlo vivido».
Él lo había vivido, como pinche de los milicianos en Lezama y otras localidades del cinturón de hierro hasta que cayó Bilbao. «Entonces se acabó todo y fue cuando volvimos a casa». Ya antes del alzamiento franquista, Federico se había familiarizado con el torno. Los Garmendia tenían un vecino alfarero que recibía la ayuda del chico, un niño de nueve años. «Me pagaban una peseta al día». Eran tiempos de la República.
Con el conflicto bélico ya terminado y alineado en el bando de los perdedores, Federico siguió a aquel vecino hasta Salvatierra, donde les contrató la firma Cerámicas Alavesas. Allí trabajó dos años de muy buen entendimiento con el patrón. Pero el hijo del dueño tomó la empresa y la química se rompió.
A Narvaja
Allí se estableció otra frontera de una existencia llena de avatares, que se prolongó media vida. Cuarenta años estuvo Federico en Narvaja, donde la familia compró una casa vieja y él se dedicó de continuo a la alfarería. «Hacíamos de todo», indica en alusión a la cantidad de objetos que hacían brotar del barro. Y vendían los productos en mercados repartidos por toda la geografía vasca, muy especialmente de Guipúzcoa. «¿Te digo los pueblos?» Y recita la letanía. «Salinas, Eskoriatza, Aretxabaleta, Mondragón, Bergara, Eibar... Placencia, Oñate, Zumárraga, Azkoitia, Azpeitia... Beasain, Tolosa, Hernani, San Sebastián, Irún, Fuenterrabía... Zeanuri, Villaro, Vitoria... Cada dos meses recorríamos las tiendas, tomábamos nota y ocho días más tarde entregábamos los pedidos».
Federico asegura que sacaban lo justo para vivir y se siente orgulloso de protagonizar entonces todo el proceso, «desde que sacábamos la arcilla con impurezas hasta que recogíamos el dinero limpio». Ahora, treinta años ya en Vitoria y dieciséis como profesor en la Escuela de Artes y Oficios, se lamenta del escaso aprecio que el público siente por la alfarería. «Bien nos están jodiendo estos chinos. Mira, antes vendíamos esto -muestra pequeños recuerdos circulares de cerámica del tipo 'Te quiero, abuela'-, pero ahora no porque ellos los tienen más baratos. Recurrimos a las piezas grandes y a la variedad que tenemos».
La inmigración oriental y las grandes superficies han desvirtuado el valor del oficio. «Aquí no hay espíritu de valorar la cerámica. Hay mujeres que dicen 'uy, qué caro'. ¿Caro? Me cago en la leche, si supieran lo que cuesta hacer las piezas... Te descorazonan». Y sentencia. «La alfarería, como tal, no tiene futuro. Sólo si también vendes otras cosas».
Pero no tanto como para que Federico renuncie al torno. Sigue trabajando algunos encargos y lo hace con satisfacción. «Sí, sí, me gusta. Me gusta tanto que a veces me pongo a cantar. Y seguiré hasta que el de arriba quiera».