Encontrar un piso para estudiantes en Vitoria a un «precio razonable» y «en buenas condiciones» es tan difícil como sacar matrícula de honor en una ingeniería. La cuestión imprescindible para lograr los resultados deseados es meter horas. Hay universitarios que ya inician en abril la búsqueda de una vivienda para compartir y todavía no han localizado ninguna. Es el caso de Irati Zenotz, alumna de primero de Filología inglesa en el campus alavés, que durante el curso 2006-2007 se ha alojado en una residencia porque se lo «recomendaron» sus padres.
«Es lo habitual, pero a partir de segundo la gente prefiere irse a un piso para estar con quien te apetezca», explica. Pero para esta joven navarra y sus cuatro compañeros, cambiar la residencia por una habitación en una vivienda está siendo toda una odisea. «Ya hemos visto tres casas, pero no nos convencía ninguna. Seguiremos insistiendo», detalla.
Tampoco ha tenido suerte su amigo Jokin Elvira, natural de Estella, que estudia en la facultad de Filología. «Esperaré a finales de junio, porque ahora es imposible», dice. Y es que en plena «época de exámenes» no se puede perder ni un minuto. Además, en julio «quedan muchos pisos vacíos», asegura esperanzado.
Los estudiantes inician la búsqueda echando una ojeada a los tablones de las facultades, el lugar elegido por muchos caseros para poner sus anuncios. El problema estriba en que «lo hace todo el mundo y cuando llamas ya están alquilados», señalan los universitarios. Otra opción es pasarse por la oficina de alojamiento del Vicerrectorado, que actúa como intermediario entre los propietarios y los futuros inquilinos.
«Una buena fuente de información es también la revista Kalea», detalla Unai Txurruka, un guipuzcoano de 21 años que estudia Farmacia. Sin embargo, «los anuncian como pisos de estudiantes, pero los precios son astronómicos», se queja. Y es que el mercado manda y es «imposible» encontrar casa «por menos de 700 euros». Por ello, la única alternativa que les queda a los estudiantes es juntarse «entre tres o cuatro» para aminorar el gasto. De esta forma, pagan entre 180 y 250 cada uno, «más los costes de luz, gas y agua».
Para que la factura no se dispare a final de mes es bastante frecuente «ocupar» el salón como si fuese un dormitorio, explica Mireya Díaz, eibarresa que acabará la diplomatura de Trabajo Social en 2008.
«He tenido suerte y en menos de una semana ya tengo alojamiento para el próximo curso frente a la estación de autobuses», agrega. La joven se alojó en la residencia de la UPV en su primer año en Vitoria. Pero, en su opinión, «no vale la pena».
El precio -329 euros- no incluye las comidas, por lo que el gasto mensual es «elevado». Además, a los estudiantes les atrae la «oportunidad de aprender a compartir y vivir de forma independiente».