Domingo, 17 de junio de 2007
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ÁLAVA
Aulas de libertad
Ocho presos de segundo grado de Nanclares acuden a diario a centros educativos de Vitoria a estudiar. Un programa que les abre una puerta para su reinserción
Aulas de libertad
ALAIN sale del portal a la calle, un gesto vital para un preso.
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Alain siente vergüenza de lo que es, un condenado a cinco años de prisión por estafa inmobiliaria. Ha borrado en rojo ya de su calendario 1.360 días de pena. Este camerunés, antiguo futbolista con estudios de bachiller, les ha contado a sus cuatro hijos que trabaja como vigilante por la noche para explicar sus extraños horarios. Oculta todo lo que puede su condición. Ni nombre ni rostro para la prensa. Con qué gusto borraría de su vida el suceso que le llevó a la cárcel después de haber vivido las experiencias más duras de un inmigrante africano que quería venir a Europa: siete meses le costó llegar a Ceuta, unas veces a pie, otras en autobús. «Lo más duro fueron los dos meses cruzando el desierto», cuenta. Lo hizo en 1998.

Gracias a un programa de la Comisión Ciudadana Antisida puesto en marcha en noviembre de 2006 y financiado por el Gobierno vasco, el Ayuntamiento de Vitoria y la Diputación, Alain puede hacer auténticos sus deseos de vivir una vida normalizada, aunque sea sólo de 7 de la mañana a 7 de la tarde. Por las noches debe dormir en su módulo y los fines de semana no puede salir tampoco, aunque su buen comportamiento le ha permitido disfrutar de al menos cinco permisos.

Cuatro pisos de presos

El proyecto desarrolla por fin una carencia: la atención a internos de segundo grado -el 75% de los penados- que salen de la prisión para acceder a una atención especializada de carácter socioeducativo. Van a estudiar a centros regulados y conviven en una casa que les permite hacer una vida bastante normalizada de cara a su reinserción. «Sin este recurso estarían encerrados en su módulo, con escasas actividades y perspectivas desalentadoras. Esto les permite reinsertarse y la experiencia nos dice que cumplen. Nunca hemos tenido problemas en las cuatro viviendas que gestiona la comisión con presos», dice Miguel Ángel Ruiz, el presidente de la Comisión Antisida.

Ocho internos de Nanclares ocupan la primera base de apoyo a esta iniciativa, una vivienda alquilada y anónima en un céntrico barrio de Vitoria. «Les ha cambiado la vida. Tienen otra mirada. Yo siempre me imaginé la cárcel como un lugar siniestro y oscuro y lo es para muchos. Pero dentro se pueden hacer algunas cosas. Ahora bien, es fuera donde ellos se animan de verdad», agrega Carol Ruano, la educadora y trabajadora social, con más de 10 años de experiencia.

Hay personas que después de caer en el pozo más oscuro y profundo de la vida aprovechan la poca luz que les queda para reponerse y volver a tener esperanza. Alain no desperdicia su oportunidad. Acaba de tocar por vez primera un ordenador en el curso de informática que hace en un centro educativo de Vitoria y está entusiasmado. «Necesito saber más», dice ansioso este hombre que también va a casa de su mujer a cocinar, planchar y a buscar a los niños al cole.

La experiencia también es muy positiva para José, 37 años, de Cantabria, condenado a 11 años por tráfico de drogas y ex toxicómano. Nunca olvidará la emoción que sintió el primer día que salió de la penitenciaría de Nanclares de la Oca para dirigirse a estudiar a Vitoria. «Ese día me sentí persona. Andas por la calle sin puertas, sin barrotes en las ventanas. Me aseé en el piso y pensé en todo lo que me había llevado a estar así y me dije que tenía una oportunidad y no la iba a dejar escapar», explica. José lleva cuatro años en prisiones de Madrid y Cantabria. Se considera un recuperado del pozo de la droga que le vio las orejas al lobo y se ha curado a base de terapias y estudio.

Orden y limpieza

Lo primero que llama la atención del piso al entrar es la pulcritud, la limpieza, el orden y que cada uno se prepara la comida cuando llega. A José le toca limpiar los baños y acaba esta semana cuarto de la ESO en el centro de la EPA Paulo Freire. Allí nadie sabe que es preso, salvo el profesor y un amigo al que se lo ha contado. No es necesario desvelarlo. Su actitud es positiva. Estudia informática en Sartu y ha hecho un curso para aprender a colocar pladur. «Soy un alumno aplicado. Mis compañeros me piden apuntes. No me había pasado nunca», subraya mientras sueña en volver a su pueblo, trabajar, y pasear con su novia como un ciudadano más.

Manuel Antonio Martínez, de 47 años, nació en Venezuela pero toda su vida la ha hecho en la República Dominicana. Cuando le preguntan por qué está en la cárcel contesta que tuvo la mala suerte de que le condenaran por un delito que no cometió: 9 años por tenencia de 800 gramos de cocaína. Ha cumplido ya 4 en diferentes prisiones españolas. «Conmigo la Policía se equivocó», insiste este ex pelotero de béisbol y camionero en la vida normal, que estudió un año de ingeniería civil en la universidad dominicana. Desde esta plataforma a la libertad que es la vivienda de la Comisión Antisida, Manuel asiste a clases de informática y quiere preparar electricidad industrial y albañilería. Cuenta que tiene seis hijos, la más pequeña de 17 años y que cinco residen en Santo Domingo y uno en Nueva York. Aunque vive separado, mantiene una nueva relación en España.

«Lo pasamos peor»

Manuel, al contrario que sus compañeros, no oculta su condición de preso cuando se lo preguntan en el centro educativo donde acude. No ha encontrado rechazos. Tampoco olvida la primera vez que salió de excursión fuera de la cárcel gracias al capellán ni el día que le dijeron que podría salir a estudiar. «Me sorprendió porque lo necesitaba. Mi madre está enferma y desde la cárcel no se puede llamar por teléfono. Para los extranjeros, la prisión se nos hace todavía mucho más difícil. La familia es un agarradero que te ayuda a vivir y te pone alas», cuenta Manuel. En su tierra llevaba las riendas de su familia porque era el mayor de muchos hermanos y luego ha tenido que luchar por sus hijos. «Muchos pierden la cabeza aquí dentro. Yo quiero ser positivo. No han dado ni una queja ni un parte de mí, no tengo antecedentes, he trabajado lo que he podido», comenta.

Aunque todo preso sueña con fugarse, Manuel lo tiene claro: «Soy un hombre de palabra. Tengo principios. Espero tener pronto el tercer grado para poder salir con permisos. Es algo que no se me pasa por la cabeza», subraya.

El pelotero dominicano se acoge a una curiosa teoría para no ser expulsado de España cuando cumpla su condena. «Se gastan dinero en mí, para mi rehabilitación, para qué quieren luego echarme del país. Volver con la expulsión bajo el brazo es doloroso. Me daría mucha vergüenza», confiesa.

 
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