Serbia no ha evolucionado gran cosa desde la desaparición de Milosevic. Nos empeñamos en ignorarlo, pero todavía es un país refugio de criminales de guerra, como el general Mladic y el psiquiatra Karadzic. La ex comisaria europea Bonino se fue a casa desesperada sin haber logrado su entrega, y, hasta ayer, las engañosas relaciones de la UE con el país balcánico sólo perseguían como propósito poner a buen recaudo a genocidas, ejecutores a sueldo de Milosevic, amantes como él del renacimiento de una Gran Serbia y contribuyentes netos a la ruina de la región y a su limpieza étnica.
Después de la guerra y gracias a nuestro desdén, Serbia ha asimilado un notable sustrato radical. La mayoría de sus ciudadanos, defraudados por una corrupción rampante, el empobrecimiento, su soledad y el espejismo de una UE inalcanzable, se ha echado en manos de los extremistas para vergüenza de nuestros dirigentes y regocijo de Rusia, que ha podido romper así la corriente de empatía centroeuropea hacia Washington y sus proyectos militaristas, como la instalación de su célebre escudo antimisiles, tan denostado por el Kremlin. El primer ministro, Vojislav Kostunica, se ha montado en esa ola de satanización de los enemigos de Serbia y amigos de un Kosovo independiente, entre los que se incluye a la UE, y ha impulsado ese espíritu nacional contestatario que devuelve el país al pistolerismo y a su tradicional espíritu nacional, origen, en buena parte, de las últimas guerras.
El momento es crítico: «Serbia es un país lleno de paradojas», que pueden llevar a los radicales al poder como expresión de rechazo a la entrada en la UE, porque «Serbia ya forma parte del continente europeo y eso es una realidad», ha dicho Elena Pavlovski, del departamento de comunicación del SRS (Partido Radical Serbio).











