¿Por qué la riada de noticias que recibimos a diario de este monstruo y su siniestra y delictiva historia nos conmociona tanto y, en cambio, no nos impresiona el sometimiento de pueblos enteros a otros pueblos más prósperos que han ejercido su dominio en provecho propio durante décadas, siglos incluso, y los han convertido en esclavos a su servicio? ¿Cómo hacemos para que no nos afecten las políticas neoliberales que desde hace años están sumiendo al 80% de la población del mundo en un ámbito de enfermedad y muerte, donde no hay esperanza para los supervivientes?
Responsabilizamos de la situación de la alimentación mundial a una subida de precios que a su vez no queremos reconocer como consecuencia de una política especulativa por parte de las multinacionales. Y no nos damos cuenta, o no queremos darnos, de que esta situación ya era demencial antes de la crisis de la subida de los precios. Entonces ya había en el mundo 3.000 millones de personas que vivían con menos de 2 euros al día. De ellos había 2.000 millones malnutridos por insuficiencia de micronutrientes (hierro, yodo, vitaminas); 860 millones sufrían de hambre feroz todos los días y nueve millones morían de ella al año. Una situación que se ha agravado ahora por el alza de los precios que afecta sobre todo a los hijos de los campesinos convertidos en parados, o de los trabajadores ocasionales que a veces ni siquiera cobran un euro diario.
Y así es como dura desde hace años. De hecho es la que sustituyó a la de unas colonizaciones que tanto nos enorgullecen y que en ciertos casos deberían llenarnos de vergüenza. A veces incluso erigimos estatuas en la plaza pública a sus artífices, los grandes asesinos de la Historia. Es el caso del siniestro rey Leopoldo de Bélgica, infinitamente más cruel aún que el 'monstruo de Amstetten'.











