Llega el sábado y la vida se detiene. Los Page son una familia judía en un entorno ortodoxo de Minneapolis. Aunque ellos han ido adentrándose en las procelosas aguas de la mezcla de culturas, religiones e idiomas, el 'sabbath' es sagrado. Y nunca mejor dicho. Reposo, cese de actividad, reclama la Torá y la Halajá. Un muchacho de 16 años, alto, rubio, que corre con un diccionario por toda la casa para saber cómo pedir las cosas, alucina con la transformación de aquella gente. Conoce al rabino por un par de visitas a la sinagoga y respeta que sus costumbres, sus creencias, distan de las que reinan en aquel agradable hogar estadounidense. Claro que de eso a que haya quien no enciende la luz o coge el coche los sábados... le cuesta horrores procesar esa información. Como ver físicamente separados a hombres y mujeres en determinadas circunstancias. Su aparente seriedad contrastaba con las ideas que se le pasaban por la cabeza.
Le resultó menos complejo y nada traumático constatar que una noche se acostó siendo checoslovaco y en el desayuno del día siguiente, como si de un verbo se tratara, se había quedado sólo con la desinencia y ahora en sus papeles ponía eslovaco. Lo asumía sin tara alguna porque fue un cambio ajeno al trauma, bien cocinado en las esferas políticas. «Ellos lo hicieron así, por política», se limita a apuntar Martin Rancik.
El pívot del iurbentia trata de sacar la cabeza del saco en el que la vida ha tratado de encerrarle los dos últimos años. Salvo el nacimiento de un querubín que bien pudo posar para Murillo con sus rizos dorados imposibles de domar y que atiende al nombre de Sebastian cuando se le habla en inglés -«mi ángel», presume-, lleva un carrerón este tiarrón de Nitra como para creer en brujas.
La lista incluye un corazón que funcionaba por exceso -'Demasiado corazón', que cantó Willy De Ville- y que le impidió desembarcar en el baloncesto griego, dos lesiones, la última de las cuales le ha llevado a pasar por el quirófano vitoriano de Mikel Sánchez y en la que se encuentra en fase de recuperación y, lo que más le ha tocado, dos muertes muy cercanas.
Primero tuvo que despedir al cabeza de familia de los Sathe, la segunda familia con la que convivió (seis años) en la tierra de Prince. Quiso que sus 'padres' americanos viajaran a Menorca durante la temporada, pero ya era demasiado tarde para su 'otro' referente paterno. Una enfermedad terminal le atrapó y a Rancik sólo le quedó el consuelo de poder volar a EE UU y despedirse de su 'daddy', que fallecía tres horas después de que el jugador del iurbentia iniciara el regreso a Bilbao. Fue llegar y sin enjugarse las lágrimas tuvo que acompañar a su familia real en Eslovaquia, donde moría un hermano de su madre.
Los Rancik -un ejecutivo en una compañía de seguros y una profesora- tienen otro hijo que ya se ha dejado ver esta campaña en la Uleb Cup. El que vive en el 'botxo' fue reclutado por un jugador cuando sólo tenía dieciséis años y unas ansias locas por hacerse un futuro en el baloncesto. De su paso por Italia le ha quedado el amor por la cocina de aquel país y no sería extraño verle en un futuro como dueño de algún restaurante en el que se escandalizaría cuando alguien pidiera -muy de aquí- un cortado con la leche fría o, peor, sumergido en hielo. Es el pívot ortodoxo, como los Page, en lo que se refiere a la ciencia cafetera, la que empuja a los boloñeses con los que compartió temporadas a escalonar en tres o cuatro tragos la ínfima cantidad de café que esconde un 'espresso'.
De los Sathe sacó más cosas en claro. Uno de sus hijos era compañero de equipo y les unían gustos casi idénticos. Vivían en una preciosa casa con piscina y sala de billar, aunque la familia no hiciera gala de sus posibles, realmente elevados. Lo recuerda ahora con otra perspectiva. Cuando en la vida hay bajas, las prioridades cambian. Hasta en personas con demasiado corazón para todo. Como Martin Rancik.