El comportamiento de los precios a lo largo del pasado mes de abril ha sido horrible, con una subida del 1,1%. Sin embargo, como el pasado año fue aún peor, los milagros de las comparaciones nos permiten reducir la tasa interanual en dos décimas. Flaco consuelo. Los combustibles subieron muchísimo en ese mes de 2007, pero ese alivio estadístico no quita para que la evolución que seguimos nos mantenga en una situación de peligro absoluto. 4,2% es una tasa altísima, que duplica el objetivo del Banco Central Europeo y que ataca directamente a nuestra posición competitiva, justo cuando necesitamos reparar con demanda exterior los profundos agujeros que se nos han formado en la interior. Unos precios tan altos como los nuestros constituyen siempre una pésima noticia, pero cuando coinciden en el tiempo con una actividad estancada y con un empleo flojo, se convierten en un peligro de gravedad inusitada.
En un sistema de mercado con precios libres, en medio de una economía tan globalizada como la nuestra, el Gobierno dispone de un estrecho margen de actuación. Pero entre poder hacer poco y no hacer absolutamente nada hay un salto que no es necesario dar. Solbes corre el riego de desarrollar una hernia discal en las cervicales de tanto mirar hacia 'otros lados' menos comprometidos. Y tenemos aún sin pagar la cuenta pendiente de las tarifas eléctricas. Hemos dejado engordar un déficit tarifario de manera temeraria. No sé quién fue el listo que imaginó los problemas de inflación del futuro de tamaño menor que los de aquel presente y se dedicó a posponer las subidas almacenando los déficits en el baúl del BOE. Pues se equivocó y ahora nos toca deshacer el desaguisado. Es decir, debemos purgar en el presente los males propios de hoy y las desidias acumuladas de ayer. Mala cosa.