El Ejército libanés aumentó ayer las patrullas en un intento por restaurar el orden en el país tras una semana de combates entre milicianos de Hezbolá y hombres armados favorables al Gobierno prooccidental del primer ministro Fuad Siniora. Hasta ahora, el Ejército es la única autoridad en pie en Líbano. La presidencia está vacante desde noviembre pasado, el Parlamento paralizado desde hace más de 17 meses y el Ejecutivo es sólo reconocido por una parte de la población.
Una precaria calma se impuso ayer en el país, pero la oposición prometió continuar con su movimiento de «desobediencia civil», mientras que la mayoría en el poder aseguró que no cederá a la presión de las armas. «Algunos nos llaman a la mesa de negociación mientras nos apuntan con la pistola a la cabeza. Esto no se producirá, incluso si nos disparan», aseguró el jefe de la mayoría, Saad Hariri.
Durante la noche del lunes y la madrugada de ayer se registraron nuevos combates en Trípoli. A estos enfrentamientos siguió un nuevo despliegue del Ejército en la periferia de los barrios sensibles del norte de la ciudad, donde se enfrentaron militantes suníes progubernamentales y alauís, grupo disidente del chiísmo pero leal a Hezbolá. Desde el sábado, las Fuerzas Armadas tratan de evitar que se extienda la violencia, que desde el 7 de mayo ha dejado 62 muertos y unos 200 heridos en el oeste de Beirut, en Trípoli y en la montaña drusa, al sudeste de la capital.
El Ejército, tradicionalmente encargado de mantener el orden en Líbano, no había intervenido hasta ahora desde que estalló esta ola violencia, la más sangrienta desde la guerra civil (1975-90). Las divisiones en el seno de las Fuerzas Armadas habían conducido a su desmembramiento durante el grave conflicto, antes de la desintegración del Estado.