Sigue provocando tal impacto el abandono de María San Gil de la ponencia política para el congreso del PP que, ayer, la presentación del polémico texto por José Manuel Soria y Alicia Sánchez Camacho quedó ciertamente deslucida. Se trataba de la ponencia de la polémica, la ponencia en la que se han recuperado, al final, todos los planteamientos políticos de María San Gil que en un principio habían sido retocados y que, si la dirigente vasca no se hubiera mantenido «en sus trece», seguramente no habrían sido incluidos. Ésa fue su percepción.
Tal y como se han mantenido las diferencias en torno a la política que debe hacer desde la oposición en esta legislatura, María San Gil ya no tenía nada que objetar a la ponencia, pero no quiso firmarla porque terminaron por producirse dos movimientos al mismo tiempo y contradictorios. El dirigente canario volvía a declarar públicamente la apuesta del PP por acercarse a los nacionalistas mientras se tejía el «encaje de bolillos» en la ponencia. Y como Mariano Rajoy no desmintió en ningún momento a José Manuel Soria, ha ocurrido que a María San Gil se le ha quebrado la confianza sobre la dirección que vaya a tomar su partido después del congreso.
No es que, de repente, haya visto a un Rajoy coqueteando con los nacionalistas. No es eso. Se trata de una sensación de la dirigente vasca sobre cierta incapacidad de su presidente de tomar las riendas cuando se presentan los problemas. Ayer, en un desayuno 'off de record' con un reducido grupo de periodistas, el presidente del PP reconocía que si él hubiera intervenido, tras las primeras declaraciones del líder canario, efectuadas en abril, y hubiera aclarado las dudas planteadas sobre la política de alianzas, «seguramente se habría evitado los malentendidos» con María San Gil.
No calculó que el enojo de la dirigente vasca llegara a desbordar la situación. Rajoy es consciente de que muchos le quieren segar la hierba debajo de los pies, que se pueden dar más acontecimientos como los de María San Gil «que, al final, acaban embrollándolo todo». Pero no piensa realizar cambios estratégicos de fondo ni en Cataluña ni en el País Vasco, las dos comunidades que le preocupan por sus malos resultados electorales. Quiere seguir introduciendo los cambios en su equipo. Pero ni se le pasa por la cabeza pensar en una alternativa a la presidenta del PP en Euskadi. «Lo mejor que tenemos es María San Gil. Por goleada», dice.
Pero también sabe que, cuando se habla de quiebra de la confianza se ha abierto una herida difícil de curar; que no se restaura ya con una ponencia amañada. Pero es a María, que no le hace falta estar tutelada por nadie, pero de quien se pueden aprovechar no pocos oportunistas, a quién le tocará dar explicaciones. Sus compañeros así lo esperan. Sus votantes también. Sobre todo porque la campaña vasca está ya en puertas.
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