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Opinión

CARTAS AL DIRECTOR
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Defender y garantizar la libertad de los ciudadanos es una de las funciones de la Guardia Civil, pese a quien le pese. Esto es lo que toda su vida deseó Juan Manuel Piñuel Villalón. Para eso se trasladó a Legutiano -Villarreal para muchos-, pero los pistoleros etarras se lo han impedido de la manera más cobarde, asesinándolo con un coche bomba. Conocí Villarreal en 1984, cuando todavía era un pueblo precioso, un entorno singular en el que el cuartel de la Guardia Civil se erguía sin complejos en la entrada del pueblo y los guardias civiles que en él vivían eran uno más del conjunto de vecinos. En aquellos años todavía podían pasear por el pueblo, hacer la compra, acudir al médico cuando lo necesitaban, venir a la farmacia o llevar sus niños al colegio. Hubo incluso parejas de gente del pueblo con guardias civiles que acabaron en matrimonios. Las diferencias ideológicas estaban presentes, los guardias sabían que estaban en peligro, pero el día a día era el de unos vecinos más.
Recuerdo una niña, hija de un guardia canario, que acudía al colegio de Villarreal, cuando había modelo A con su clase de euskera. A los euskaldunes del pueblo les gustaba pararse a hablar con ella por el acento tan musical que aportaba a su euskera perfecto. Llamaba la atención. Esto que muchos lo vemos como un elemento integrador a otros no les gusta tanto, por eso hubo un momento en que desaparece el modelo A en muchos colegios de nuestros pueblos y así ya nunca más los hijos de los guardias civiles de Villarreal volvieron a ir al colegio del pueblo. Un autobús los acerca a un colegio de Vitoria. Desde entonces los hijos de los guardias civiles dejaron de tener amigos en el pueblo, dejaron de jugar en la plaza, la convivencia con la gente del pueblo se fue perdiendo, y el silencio domina el espacio.
Han pasado 24 años y, ¿qué tenemos? Un retroceso claro de convivencia, de integración y, lo más grave, un joven guardia asesinado, un hijo que difícilmente entenderá el por qué, y una mujer sin consuelo, que ha venido al País Vasco a llevarse el cadáver de su marido. No es fácil defender la libertad en el País Vasco, no es fácil para la Guardia Civil ni para el resto de los cuerpos de seguridad. No es fácil para los concejales del PP o del PSE, que aún siendo elegidos democráticamente estamos en el punto de mira y somos objetivo de los asesinos de ETA. Nos pueden insultar, extorsionar, hacer la vida imposible, pero qué importa ante un asesinato. Un insulto se olvida, una extorsión se soporta, una pintada se limpia, pero una vida no vuelve. Siempre deseamos que sea la última, pero por desgracia nuestro deseo nunca se cumple. Tal vez el pasar por alto el insulto, la extorsión, la pintada tiene esas consecuencias.

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