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POLÍTICA
Deslegitimar para derrotar

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El terrible atentado de la madrugada del miércoles contra la casa cuartel en Legutiano pone sobre la mesa el empeño obsesivo de ETA de querer dejar constancia de su presencia. Una pretensión que se expresa a través de la muerte, el asesinato, el dolor y la desolación, y no mediante el diálogo y la palabra. Esa es su manera, la única que sabe para resolver y encauzar los conflictos, sean de la naturaleza que sean. A través de la muerte y del dolor nos quieren recordar que siguen ahí, y que su propósito de continuar, en ningún caso, se va a ver alterado por el hecho de que la inmensa mayoría de los vascos condenen plenamente sus acciones terroristas, ni tampoco porque le exijan su cese definitivo. Sólo si se aceptan sus exigencias políticas podrían contemplar como posible su retirada. Es decir, provocar la muerte de cualquier ciudadano y poner en peligro la vida de muchos, asesinar a representantes políticos elegidos por el pueblo, extender el dolor, el miedo y el pánico, todo ello con la finalidad única de imponer a la sociedad su ideario político.
Porque la historia de ETA estos últimos treinta años es sencillamente eso, la historia de un cruel intento de imposición totalitaria. Un modelo de imposición que se proyecta hacia el conjunto de la sociedad y también respecto de su propio mundo. Es cierto que ETA ha fracasado en su pretensión de doblegar a la sociedad vasca e imponer a los vascos a través de la violencia terrorista su proyecto político. Pero, sin embargo, ETA ha conseguido imponer su voluntad y sus decisiones tanto de orden táctico como estratégico sobre el conjunto de la llamada izquierda abertzale oficial. Es éste su único y auténtico éxito, imponer sobre 'su' mundo civil y político un modelo férreo de subordinación en el que no cabe la disidencia y menos, el derecho de objeción.
Como decía, ETA representa la historia del fracaso de la 'lucha armada', de la violencia terrorista, como estrategia y como instrumento para alcanzar los objetivos políticos que dice pretender. Sin embargo, esto que para la inmensa mayoría de los ciudadanos resulta una constatación elemental, de puro sentido común, para ETA y para una parte de la izquierda abertzale resulta una realidad inadmisible pues, en caso contrario, significaría el reconocimiento de su derrota y el fracaso de la estrategia que ellos han impuesto durante años a la izquierda abertzale.
Por eso, sin perjuicio del proceso de reflexión interna que habrán supuesto, me imagino, los distintos momentos de tregua con relación a los límites de la lucha armada y de la izquierda abertzale, la decisión de volver al terrorismo, con acciones como la del coche bomba contra la casa cuartel donde vivían familias enteras, viene a mostrar que ETA sigue convencida de que el terror es el único camino para llevar al Estado a la mesa de negociación.
Por eso mismo, en dicha estrategia lo importante no es la política sino la violencia. En tal planteamiento lo relevante no es la izquierda abertzale sino la organización armada. En ese modelo de relación no hay sitio para la discrepancia y mucho menos para la condena de la violencia o la insumisión. De ahí la enorme involución militarista que se está dando en todo el conjunto político y militar. Por eso mismo, el reto democrático contra la violencia, además de la lucha unitaria frente a ETA, debe contemplar necesariamente un compromiso activo de todas las fuerzas democráticas, pero especialmente de las formaciones nacionalistas, por deslegitimar social y políticamente a esa parte de la sociedad que ha interiorizado la violencia de ETA como un mal necesario. A ese sector que ha asumido como propia la subordinación ética y política respecto de la violencia.
El éxito no depende tanto de la ilegalización judicial, como se ha visto, cuanto de la deslegitimación social y política de la izquierda abertzale sumisa. Es una condición necesaria para la derrota o, en su caso, para el desistimiento.
x.gurrutxaga@diario-elcorreo.com

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