La directiva actual afrontaba su última temporada y tras los varapalos deportivos sufridos en las tres anteriores, fruto también de enormes dosis de infortunio, quiso entregar en su despedida las riendas del equipo a alguien de confianza, de la casa. A un hombre que compartió vestuario a finales de los años 80 con directivos, -José Ignacio Castillo, 'Champi', entre otros-, y que hasta entonces había estado trabajando a escasamente 30 kilómetros de Miranda, en el Alavés, club en el que ha sido el entrenador tanto de su primer equipo como en las categorías inferiores tras dirigir con anterioridad al Lleida, también en su fútbol base.
El elegido era Julio Bañuelos. Este mirandés, nacido el 7 de diciembre de 1970, comenzó el trabajo con dedicación y ganas. Era el elegido para ascender al equipo de su ciudad a Segunda B -objetivo que pudo ver cumplido como jugador a finales de los años 80 con Iñaki Espizua como entrenador-. Para él arrancaba un enorme reto, máxime teniendo en cuenta aquello de que 'nadie es profeta en su tierra'.
Como técnico una de sus señas de identidad es la prudencia. «Estoy de acuerdo; porque el que habla mucho o miente o se equivoca», reconoce entre risas. Tanto es así que a lo largo de esta última semana se mostraba convencido de poder obtener el ascenso, pero su cargo le aconsejaba optar por la cautela. Un rasgo, la moderación, que sin embargo deja a un lado en las distancias cortas, con sus amigos, con su gente; es aquí donde aparece su carácter más extrovertido. «Algunas veces, hasta demasiado». Las personas de su confianza así lo corroboran.
Ha habido momentos durante la temporada en los que arreciaron las críticas por parte de un sector de la afición -incluso se reproducían después de un 6-0- que creía perdido el objetivo y demandaba cambios en el organigrama del equipo.
El de Miranda, en cambio, siguió trabajando; mostró plena confianza en sus jugadores porque sabía lo que tenía entre manos y únicamente pedía paciencia porque eran muchos los contratiempos en forma de lesiones y sanciones que sufrieron los futbolistas de la plantilla durante varias jornadas de la Liga regular. Ahora, esos reproches se han tornado en elogios y disculpas hacia un hombre que, ante todo, ejemplifica como nadie la prudencia y el respeto al rival. Unos valores no tan frecuentes en el fútbol de hoy en día.
Todo lo que rodea a esta disciplina deportiva cambia de forma exageradamente rápida y el de Miranda así lo entiende. «Siempre se ha mantenido la confianza y la serenidad y han llegado los resultados», apunta. Su forma de ser y su humildad hace que en absoluto quiera cargar las tintas contra sus anteriores detractores, ni quiera sacar ahora pecho por el logro obtenido. Todo lo contrario, vuelve a hacer gala de su sencillez porque sabe cómo se mueve esta profesión en la que sigue inmerso, desde hace unos años como entrenador. «Es la pasión que tiene el fútbol, por eso es tan grande», apostilla.
Esa sensatez que atesora no tiene por qué estar reñida con su forma de entender el fútbol. «La gente teórica me aburre; el fútbol es pasión», ha llegado a decir. Además, hay otra característica que también le acompaña en esa faceta profesional: la de psicólogo. Para él es fundamental. «Es un principio en el que me baso siempre; lo que no me gustaba que me hiciesen como jugador no lo hago como entrenador. Al fin y al cabo lo que hay que hacer es dar confianza a los jugadores porque sino los domingos no vas a conseguir nada. Lo fundamental de todo es tener buenos jugadores y luego saber llevarlos».
Los amigos, su refugio
Amante de cualquier deporte en el que enfrente haya un oponente (y que practica siempre que puede), su principal refugio es el grupo de amigos. «Sabes que nunca te van a fallar», asegura. Tal es así que los ratos que pasa con ellos cada viernes por la tarde o los sábados por la mañana tomando una cerveza constituyen toda «una religión».
En el fútbol predominan las supersticiones, que tampoco le son ajenas. Dejar el coche todos los domingos de partido en Anduva junto a la sala de prensa y trofeos o entre semana en el mismo sitio cada vez que hay entrenamiento, son algunas de sus 'manías'. También le acompaña siempre un muñeco que le dio el hijo de un buen amigo suyo.
Le ha traído suerte y, por lo tanto, también estaba en la final de ayer. A buen seguro que lo seguirá llevando en el futuro... quizás, sólo quizás, al frente del nuevo Mirandés de Segunda B.