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Para la gente de mi generación la cultura religiosa que pudimos adquirir -salvo el caso de algunos 'frikis' entre los que me incluyo- fue bastante reducida, de modo que poco o nada, salvo algunos adjetivos denigratorios, aprendimos de los grandes personajes de la Reforma. En el caso de las generaciones posteriores la cosa ha sido peor, de modo que, para muchos, el calvinismo puede ser fácilmente confundido con alguna patología capilar. Sin embargo entre los lectores de periódicos sí ha calado la intuición de Max Weber que, más allá de cuestiones teológicas, fijó un estilo de sociedad calvinista: aquélla en la que se aprecia la riqueza y sin embargo se desprecia el lujo -lo que trae como consecuencia la promoción del ahorro y la inversión-, se da culto al trabajo y se asocia la pereza con la perdición, se impone el estricto cumplimiento de las normas y al mismo tiempo se organiza la sociedad de manera, digamos, 'colegiada' o 'asamblearia', se practica el puritanismo sexual y el individualismo, y se miran con recelo las jerarquías. Ese tipo de sociedad, que Weber asocia al calvinismo -y que seguramente ya no existe- es el marco sociológico ideal para el surgimiento del capitalismo económico y la democracia parlamentaria.
Ese tipo de sociedad pudo haber sido la del País Vasco de haber prosperado la iniciativa de la reina Juana de Albert-Labrit, la última reina protestante de los vascos, que tras la muerte de su marido Antonio de Borbón, en 1562, promulgó una serie de medidas destinadas a implantar la Reforma en el Béarn: la publicación de un catecismo de Calvino en bearnés (1563); la fundación de una academia protestante en Rotes (1566); la redacción de nuevas Ordenanzas eclesiásticas (1566-1571); la traducción del Nuevo Testamento al vasco por Joannes Leizarraga (1571); y la traducción en bearnés del Psautier de Marot, por Arnaud de Salette (1568). En 1571 la religión reformada (calvinista) fue oficializada en Bearn y Baja Navarra como religión de Estado. Publicado en 1571, el Nuevo Testamento de Joanes Leizarraga constituye uno de los libros clásicos de la lengua vasca y Euskaltzaindia en 2007 se hizo con un ejemplar histórico de la obra por 20.500 libras inglesas (26.969 euros).
Hoy, 10 de julio, se conmemora el 500 aniversario del nacimiento de Calvino y me parece, dada nuestra condición de europeos, que tenemos que conocer las tradiciones que han hecho Europa, entre las que está sin duda la tradición calvinista. Juan Calvino, nacido en 1509 como Jean Cauvin en Picardía (Francia), en 1535 tuvo una experiencia personal que le transformó. Conoció la Reforma de Lutero y con 20 años adoptó entusiásticamente los puntos de vista del reformador alemán: negación de la autoridad de la Iglesia de Roma como de derecho divino, y reivindicación de la Biblia como única regla de fe y conducta, destacando la soberanía absoluta de Dios y la doctrina de la justificación del hombre por medio de la gracia, mediante la fe y no por las obras. De hecho aunque el iniciador de la Reforma protestante fue Lutero, ha sido Calvino y su 'Christianae religionis institutio' (Instituciones de la religión cristiana) quien ha tenido mayor influencia y ha determinado el perfil mayoritario del protestantismo en el mundo gracias a su presencia mayoritaria en el mundo anglosajón.
A la muerte de los reyes de Navarra Juan III de Albert-Labrit y Catalina I en 1516, les sucedió en el trono su hijo Enrique III de Albert-Labrit, quien era favorable a la Reforma protestante. En el año 1527, siendo declarado entusiasta de la Reforma luterana, se casa con Margarita de Anguleme, hermana mayor de Francisco I de Francia. Margarita no rompió oficialmente con el catolicismo, pero implantó prácticas de signo protestante. En 1534, Juan Calvino, perseguido por la Sorbona, estuvo refugiado en Navarra bajo la protección de la reina Margarita. Un cuarto de siglo más tarde sería su hija, Juana de Albert, la que abrazó el protestantismo e intentó difundirlo en sus Estados: vascos, bearneses y navarros. Pero su hijo Enrique IV de Navarra, que accedió al trono de Francia por ser Borbón, se convirtió al catolicismo pronunciando su famosa frase: 'París bien vale una misa'.
No obstante, protestantes o católicos, agnósticos o ateos, tengo la impresión de que ha habido y quizá hay cierto 'calvinismo sociológico' entre nosotros. Siempre me ha llamado la atención, cuando se ha producido un atentado terrorista y un ciudadano inocente ha sido asesinado por los verdugos de ETA (¡nunca más!), y se entrevista al vecindario de la víctima, cómo se ensalza como primera virtud digna de elogio en la persona asesinada no su inocencia o su condición de ciudadano, sino su amor al trabajo: ¡Con lo trabajador que era! No se pueden tomar esas declaraciones hechas en medio del luto y del dolor como un pensamiento 'en regla', pero pareciera que asesinar a una persona trabajadora fuera -entre nosotros- un crimen mayor y más repugnante que si se hubiera asesinado a un vago o un holgazán. Los vascos tememos más que nada ser tachados de vagos ('alferra') o de raros ('xelebre').
El culto al trabajo, el puritanismo, el desprecio del lujo y del derroche, la inclinación al ahorro y la admiración por el que hace fortuna con su iniciativa, así como el individualismo existencial que es compatible con un cierto gregarismo colectivo me parece a mí que conforman en la mentalidad vasca -cualquier cosa que eso sea- un cierto calvinismo sociológico, que no es incompatible con la influencia histórica del catolicismo romano.
Vivimos tiempos posmodernos, en los que no tienen sentido las identidades sociológicas petrificadas y todo tiende a ser híbrido, mixto, combinado, quizá por eso no hay ya 'sociedades calvinistas' ni 'católicas', sino que gestionamos un pluralismo social de 'geometría variable', pero no estaría mal recuperar algunas de las virtudes básicas que han conformado ese 'calvinismo sociológico', como el valor del trabajo bien hecho, la riqueza como responsabilidad social y no como vía al lujo, y el rigor en el cumplimiento de nuestras obligaciones.

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