La cumbre del G-8 que finaliza hoy en la ciudad italiana de L'Aquila ha vuelto a demostrar las limitaciones a las que se enfrenta el foro ante los cambios que está precipitando la crisis en el orden internacional y la necesidad de repensar si no su existencia, sí al menos la operatividad de sus decisiones en un escenario con nuevas potencias emergentes y en el que ha cobrado una relevancia excepcional el G-20 ampliado. En un mundo cada vez más interconectado y donde las decisiones tienen una repercusión global, se echan en falta estructuras, procedimientos y mecanismos que hagan posible la toma de decisiones de una manera eficaz, tanto por su rapidez como por su capacidad ejecutiva. Y más ante las limitaciones e inoperatividad que sigue mostrando la ONU. Estas carencias y el entrecruzamiento de intereses dispares han potenciado la fórmulas de 'grupos', mucho mas homogéneos, pero sin evitar la colisión entre ellos, como ha evidenciado la imposibilidad de que el G-8, que agrupa a las economías más desarrolladas, y el G-5, las principales potencias emergentes -China, India, Sudáfrica, Brasil y México- avanzaran hacia compromisos firmes en el recorte de los gases de efecto invernadero.
Es cierto que en Italia se ha revitalizado la preocupación de las principales economías por el problema del calentamiento global y el cambio climático, que había quedado desplazado por las demandas más perentorias de la recesión. Y también lo es que el Foro de las Grandes Economías ha admitido en L'Aquila la necesidad de que la temperatura del planeta no se eleve más de dos grados centígrados con respecto a la era preindustrial. Pero, al final, ha quedado postergado hasta la conferencia de Copenhague del próximo mes de diciembre el decisivo compromiso para avanzar hacia una drástica reducción del 50% de las emisiones de C02 antes de 2050. Tanto China como India, con modelos de crecimiento muy contaminantes, mantienen sus recelos, postura compartida con las economías en desarrollo. Una muestra más de que cualquier avance no sólo en ésta, sino en otras materias sensibles, está condicionado al acercamiento de posiciones con los nuevos y grandes actores económicos.
Es obvio que sin el impulso de las potencias tradicionales del G-8 no será posible caminar hacia una economía sostenible, más racional en sus parámetros de crecimiento y sustentada en un sistema financiero transparente, regulado y estable. Pero ese esfuerzo resultará incompleto y fallido sin una concertación de intereses mucho más amplia, que no sólo englobe a los Estados emergentes y países que habían alcanzado en los últimos años notables niveles de progreso y bienestar -como España-, sino que tenga en cuenta, y no sólo desde la ayuda condescendiente, a los más desfavorecidos del planeta.