S i yo fuera pirata somalí, me estaría frotando las manos al ver cómo el PP coopera tan generosamente con mis acciones creando división en España y fortaleciendo así mi postura de chantaje al Gobierno, en vez de dar su apoyo o al menos un prudente silencio a quienes cargan con la difícil responsabilidad de salvar al mismo tiempo la legalidad y las vidas de los pescadores secuestrados. Debe de ser de lo más cómodo sentarse a negociar con un interlocutor debilitado porque tiene el enemigo en casa. Si yo fuera presidente de un club de fútbol adeudado hasta el cuello, me colmaría de dicha el hecho de que muchos aficionados se mostrasen partidarios de mantener los impuestos de los jugadores extranjeros veinte puntos por debajo del máximo aplicado al resto de ciudadanos, aunque eso diera lugar a la paradoja de que unos millonarios con sueltos desorbitados pagasen al Fisco menos que muchos de los asalariados que aplauden sus piruetas desde el graderío. Es hermoso notar el cálido aliento de aquellos a cuya costa vives sin reparar en gastos. Si yo fuera fabricante de telebasura, no cabría en mí de gozo ante el edificante espectáculo ofrecido por el jurado del premio 'Ondas' al distinguir como mejor presentador televisivo del año a un sujeto que sirve a la audiencia la más exquisita bazofia, y lo hace con ese estilo burdo y ordinario tan común en los programas narcóticos del corazón, pero con un sello personal donde se combinan cinismo, malicia e insultos a la inteligencia. Necesitamos estos gestos de impulso a la cultura de calidad y de respaldo a sus abnegados representantes. Si yo perteneciera a la cúpula del PSOE, daría brincos contemplando el vuelo de navajas dentro del primer partido de una oposición descoyuntada que parece más dispuesta a ventilar rencillas personales internas que a ofrecer a los ciudadanos una alternativa de gobierno, incluso cuando le bastaría con permanecer discretamente callada y dejar que el propio Gobierno se consumiera en su desgaste, sus contradicciones y su limitada competencia. Nada hay más grato que ver cómo nuestros rivales se desactivan ellos solitos. Pero como uno no es pirata somalí, ni presidente de un club con deudas, ni fabricante de telebasura, ni alto dirigente socialista, se ve privado de ciertas satisfacciones y lo que se pregunta, entre abochornado y perplejo, es si no nos estaremos volviendo todos un poco locos.