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Yo sufro, tú acosas, él acepta

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Yo sufro, tú acosas, él acepta

07.11.09 -
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Quién no recuerda al matón o a la matona de su clase y a sus sicarios? ¿Quién no ha sufrido o temido acciones violentas, quién no las ha presenciado contra compañeros, quién no las ha asumido o 'ignorado' en algún momento? ¿Quién no ha oído hablar del 'bullying', del acoso entre iguales o, mejor, del acoso a iguales? Sin duda, es un fenómeno generalizado desde diferentes parámetros: desde la pervivencia en la historia, desde la cobertura geográfica, desde la prevalencia en el presente... En efecto, el acoso se ha practicado desde antiguo, en todos los lugares del mundo, tomando un protagonismo en la actualidad que lo ha llevado a ser noticia, motivo de numerosos estudios e investigaciones, tema de debate y objeto de preocupación en el ámbito educativo.
Las nuevas tecnologías facilitan el ejercicio del acoso en tanto que permiten que el mismo no se circunscriba al tiempo del horario escolar y al espacio del colegio. Los móviles e Internet favorecen comportamientos acosadores a cualquier hora de los siete días de la semana y en cualquier lugar, ampliando, con las posibilidades de difusión, el número de implicados.
El tema de discusión, sin embargo, no es si en la actualidad el acoso es más frecuente, agresivo y persistente que en el pasado o si lo que ocurre es que en la sociedad de la información estamos más informados de este fenómeno, sus modalidades y consecuencias. Lo que debe ocupar nuestros pensamientos es qué se puede hacer desde la educación para prevenirlo o abordarlo, superada la concepción de que la función del colegio es enseñar y asumida la idea de que la función del colegio es educar.
Un análisis en profundidad de los protagonistas es, sin duda, un primer paso hacia el objetivo, ya que permite conocer sus perfiles, sus características psicológicas y sociales y sus necesidades. Los agresores, aquéllos que para reafirmar su liderazgo social necesitan emplear la fuerza y la amenaza, son impulsivos, con escaso control sobre sí mismos, justifican la violencia como medio para resolver problemas y son incapaces de ponerse en el lugar de otra persona... Las consecuencias psicológicas del acoso en las víctimas se centran en la destrucción de la autoestima, el aumento de la ansiedad e inseguridad, la tristeza y el estado de ánimo depresivo.
Tanto el grupo de agresores como el de víctimas carecen de habilidades sociales para resolver conflictos; unos defienden su postura de forma agresiva y otros no tienen recursos para defenderse sin agredir. De aquí se desprende, por tanto, un objetivo educativo de carácter prioritario, el entrenamiento en habilidades sociales y en la resolución constructiva de conflictos.
Sin embargo, la adquisición de estos procedimientos para desenvolverse en situaciones interpersonales, aunque necesaria, no es suficiente para evitar este tipo de comportamientos; hace falta, además, desarrollar unos valores inherentes a la convivencia, tales como el respeto, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la colaboración y la libertad. Estos valores, fundamento de muchos sistemas educativos e incluidos en los idearios de la mayoría de centros, tienen que pasar de ser intenciones a ser realidad en los educandos. El desarrollo de valores es, por tanto, un gran reto que subyace a la finalidad última de la educación obligatoria, el desarrollo integral del ser humano en todas sus dimensiones para que sea un ciudadano activo que actúe conforme a sus principios, basados en valores universales y construidos desde la reflexión y el diálogo.
El sistema educativo, las instituciones y los equipos docentes deben poner los medios para lograr este perfil de persona, dotada de unas competencias básicas que le permitan desenvolverse en la sociedad y mejorarla.
Dando por hecho que todas las competencias básicas contribuyen de forma interrelacionada al desarrollo integral de la persona, es la competencia social y ciudadana la que se sitúa en el centro del ejercicio de la convivencia pacífica. El desarrollo de esta competencia debe ser, por tanto, un fin educativo indiscutible.
Son muchas las posibilidades que ofrece el contexto escolar para favorecer este tipo de aprendizaje y que conviene que los responsables de los centros educativos y el profesorado tomen en consideración para optimizarlas.
En primer lugar, un enfoque competencial de la educación permite integrar en comportamientos diversos conocimientos, habilidades o procedimientos y actitudes. Así, el desarrollo de la competencia para la ciudadanía supone que el entrenamiento en habilidades sociales se sustente en valores necesarios para la convivencia en un contexto global, cuyas normas básicas de funcionamiento es necesario conocer.
Además, el desarrollo de competencias conlleva un replanteamiento de los métodos de enseñanza. Ya que no se trata sólo de aprender contenidos, sino de aplicarlos, hay que favorecer que los estudiantes aprendan a través de la acción. Por tanto, la enseñanza debe promover la actividad y el protagonismo de los estudiantes. En el caso de la competencia ciudadana, deben 'practicar' la ciudadanía. Es, por tanto, función de los educadores poner las condiciones adecuadas para que tenga lugar esta actividad tanto en el centro como en la comunidad a la que pertenece el centro, por ejemplo, a través de acciones sistemáticas de compromiso social. Es mucho más eficaz para desarrollar la competencia social un trabajo colaborativo para consensuar las normas de funcionamiento de clase que escribir cincuenta veces 'no debo pegar a mis compañeros y compañeras', considerando, además, que duplicar el número de veces no mejoraría el aprendizaje.
El colegio es un escenario para convivir y, al tiempo, para aprender a convivir. Es importante que se establezca un clima que favorezca este aprendizaje, promoviendo un entorno democrático que potencie la participación de toda la comunidad educativa, estableciendo normas de convivencia consensuadas y asumidas por todos y procedimientos que regulen los mecanismos de actuación en caso de incumplimiento. Es fundamental que los actos violentos no queden impunes, que las agresiones tengan consecuencias, no tanto a través de castigos ejemplares como a través de acciones reparadoras del daño infligido a la víctima, si es que acaso hay posibilidad de que el daño sea reparable.
No se puede olvidar, por otro lado, que los profesores y profesoras, los padres y las madres somos un modelo para los estudiantes. La forma en que nos comportemos como ciudadanos tiene, sin duda, un impacto en la forma de comportarse de los aprendices.
La tan cuestionada por determinados colectivos materia Educación para la Ciudadanía, lejos de competir con otras asignaturas de formación humanista, ofrece una ocasión de articular el planteamiento curricular del desarrollo de la competencia social, con el apoyo y refuerzo del resto de materias.
Asumir la responsabilidad de los agentes educativos en la formación de ciudadanos y aprovechar las posibilidades que ofrece el centro como escenario para el ejercicio y el desarrollo de la ciudadanía nos permiten terminar de declinar el título de este artículo: Nosotros educamos, vosotros aprendéis, ellos conviven.
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