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CULTURA

La almohada insomne

Basta un poco de entrenamiento mental para ahuyentar los malos pensamientos que intentan impedirnos el descanso y dejar que reposen mientras dormimos

08.11.09 -
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Aconseja la prudencia no tomar nunca decisiones precipitadas. Hay que hacer que las cosas maduren, sopesar los pros y los contras, reflexionar fríamente sin dejarse llevar por el impulso instantáneo. «Lo consultaré con la almohada», dice la voz juiciosa. Se supone que el tiempo hará su trabajo y lo que a primera vista nos aturde por su complejidad o por la carga de responsabilidad que entraña, perderá al menos parte de su densa espesura cuando nos quedemos a solas en el silencio de nuestra soledad.
Porque la almohada no es sólo el lugar del sueño, sino el del encuentro con nosotros mismos. Algo de eso da a entender el origen de la palabra, traída de la voz árabe 'muhádda', que deriva a su vez de 'hadd': mejilla. Una metonimia similar se da en 'oreiller', el equivalente francés de 'almohada', que apunta a otra parte del cuerpo: la oreja. El euskera dice 'burukoa' (de 'buru': cabeza). Y en la misma línea de metonimias corporales están la almohada italiana ('cuscino') o la catalana ('coixí'), provenientes de la voz latina 'coxa' con la que se designaba la cadera. La almohada simboliza, además del reposo, esa parte de nosotros mismos que como una segunda piel nos envuelve y nos acoge a la hora de dormir. ¿Puede haber mejor consejero que un objeto tan cercano al que confiamos nuestro descanso, sobre el que nos dejamos caer, desnudos y desarmados, al final de la batalla diaria?
Sin embargo, los médicos recomiendan dejar las preocupaciones a la puerta del dormitorio para conciliar el sueño más fácilmente. El estudio 'Medicina del sueño' elaborado por el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra revela que un 40 % de la población española sufre o ha sufrido a lo largo de su vida algún trastorno del sueño, en especial insomnio. Aparte de las causas orgánicas, un factor coadyuvante de muchas de estas alteraciones viene dado por los malos hábitos de vida. Trabajar antes de dormir puede producir el mismo efecto que una taza de café por la noche. Tratar de resolver asuntos pendientes al teléfono desde la cama es apostar por el insomnio. Quizá el consejo de consultar con la almohada no sea tan razonable como a primera vista parece.
Umbral de fatiga
«Si las almohadas hablasen, nos quedaríamos de piedra», escribe el poeta Felipe Benítez Reyes. La almohada lleva el registro de nuestros sueños, guarda nuestros secretos inconfesados y los pensamientos más sensibles, pero muchas veces se torna una compañía hostil que repele cuando nos abrazamos a ella como estrujándola en busca de ese sueño que no logramos conciliar. Inquietos, agitados, con los ojos como platos, la ponemos del derecho y del revés, la doblamos, la sacudimos y la volvemos a apretar sin conseguir que se rinda a nuestro deseo. Es su venganza por haberla hecho confidente de lamentos y obsesiones, de dudas y pesadumbres.
Las reglas de la noche son misteriosas. Dormiremos apaciblemente si entramos en su reino con naturalidad, con el pensamiento puesto únicamente en la calma del final de jornada y diciendo para nuestros adentros que «mañana será otro día». Pero le ocurrirá lo contrario al viajero que llegue a esos dominios con exceso de equipaje. Hay un umbral de fatiga a partir del cual el sueño huye en vez de instalarse. Dejar cosas pendientes para rumiarlas con la almohada supone muchas veces traspasar la línea y quedar así condenado al tormento de la pesadilla o el insomnio.
Tan inconveniente como postergar una vez y otra las decisiones dejándolas para más tarde es apurar el final del día pretendiendo dejar todo arreglado. Las personas resueltas son las que saben atender los asuntos urgentes y prioritarios, pero que también distinguen lo prescindible de lo inevitable. Por muchas vueltas que demos a determinados problemas que nos causan quebraderos de cabeza no vamos a resolverlos por arte de magia. En este punto la noche es terca. No sólo se resiste a darnos la solución que esperábamos encontrar bajo su amparo, sino que magnifica y sobredimensiona las aristas del conflicto, como observó Paul Léautaud: «Los celos, como las enfermedades, se agudizan al anochecer».
Según el informe del CIMA un 2,6% de los españoles toma hipnóticos de forma continuada. Dentro de ese porcentaje están muchos que ya no encuentran consuelo ni claridad interior entre las sábanas si no es con ayuda de la farmacopea. Para ellos la almohada ha dejado de ser el confesor que escucha y se parece más a la de aquel cuento de Horacio Quiroga en el que una mujer se despierta cada mañana más fatigada, la piel pálida y el ánimo abatido, sin que nadie sepa la causa de su hundimiento. Una vez muerta, se descubre entre las plumas de su almohada un parásito hinchado y monstruoso que por las noches le había ido sorbiendo la sangre picándole en las sienes.
Pero otras veces la almohada hace su trabajo mientras nosotros dormimos. Basta un poco de entrenamiento mental para ahuyentar los malos pensamientos que intentan impedirnos el descanso y dejar que reposen mientras dormimos. Al despertar nos damos cuenta de que nada es tan dramático como nos parecía la víspera y de que en la fresca lucidez de la mañana nos sentimos fortalecidos para afrontar con valentía los problemas que de noche nos llenaban de espanto.
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