Se han incorporado las últimas y, sin embargo, ya son las primeras mujeres que han conseguido una de las plazas de taxi de las paradas de Durango y Abadiño. Pero Cristina Cabrera y Manoli Molina ya conocían muy de cerca los entresijos de este mundillo. Sus respectivas parejas también son taxistas. «Si él no llega a estar en esto, yo no me meto», apunta la conductora abadiñarra. Lo mismo afirma la duranguesa. Pero lo que realmente les animó a ocupar las plazas que quedaron vacantes por sendas jubilaciones fue la necesidad. Para Manoli Molina, ha sido la escapatoria ideal a un año de paro sin subsidio. A su colega de Durango, le ha servido para «cambiar de aires y evolucionar».
Manoli Molina es ya la taxista más veterana de la comarca, «aunque hace ya algunos años que una vecina de Abadiño ayudaba a mi marido en ocasiones», apunta. Lleva ocho meses ocupando una de las dos plazas disponibles en el barrio abadiñarra de Matiena. Su compañero de trabajo es, precisamente, su marido. «Es el que más me ha animado a coger la plaza», insiste.
Lo que peor lleva de este trabajo es que no hay horarios. «Me levanto todos los días a las cuatro y media de la mañana para llevar a unos trabajadores a una empresa de la zona y hoy, por ejemplo, he comido a las cinco de la tarde», se exaspera. Madre de una niña, tiene clara la importancia del espíritu de sacrificio que requiere esta profesión, en la que se ha adentrado en plena crisis. «Si no le dedicas tiempo, no sacas nada», puntualiza.
En su corta trayectoria ya ha sufrido las consecuencias de la delicada situación de las empresas de la comarca, donde una mayoría pertenecen al sector de la automoción. «Pero, poco a poco, parece que esto empieza a remontar», asegura con cierto optimismo al volante de su flamante 'Mercedes' plateado.
Aunque los trayectos que realiza, al igual que Cristina Cabrera (31 años), son de corto recorrido -«el aeropuerto, casi es el punto más lejano»- la abadiñarra ya se ha desplazado en una ocasión hasta Majadahonda. «Siempre estamos pensando en que ojalá nos toque un viaje largo porque así tenemos algo más de beneficio», se sincera Manoli, que descansa los fines de semana para ocuparse de su hija, mientras su colega trabaja todos los días. Pero nunca de noche. «Son más peligrosas, aunque de todas formas tampoco es que por aquí pasen muchas cosas como ocurre en Bilbao», añade la taxista número 14 de la villa.
«Leo mientras espero»
A Cristina, sus compañeros -entre los que se incluye su novio- ya le han prevenido sobre las situaciones complicadas que se puede encontrar en más de una ocasión. «A uno de ellos se le fue un cliente sin pagar con la excusa de que iba a casa a por dinero, entró al portal y salió por otra puerta para escaquearse. La verdad es que hay gente con mucha cara, pero el compañero tenía que haberle pedido el carné. Me la pegarán una vez, pero no más», advierte. Si algo ha sacado en claro en este tiempo es que la paciencia es una de las principales virtudes de quienes se dedican a este oficio. «Lo peor de todo es el tiempo de espera. Yo aprovecho para leer».